Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla
Alberto García Reyes. Año 2017
El Pregonero habla en este fragmento de unas de las devociones más queridas de Sevilla: El Cachorro.
Relata sus vivencias mientras describe la sobrecogedora faz de este crucificado, que bendice a Sevilla cada Viernes Santo sin mirarla, pues todo lo hace expirando al cielo.
Cruzar a la otra orilla
Las niñas de Sevilla son la Piedad, la Virgen de Guadalupe, que ahora en su medio siglo vuelve a cumplir 16, y las de los ojos del Cachorro. ¿No se han fijado?
Los ojos del Cachorro son como los del puente de Triana: a través de ellos sólo se ve cielo. Esos ojos son nuestra gran apoteosis cristiana. Porque son la proclamación extrema del Cristo vivo. Son la muerte mirando hacia donde está la Vida. Son la verdadera, la auténtica, la única víspera. La víspera de la Resurrección.
¿Y qué es este ensueño al que llamamos Sevilla sino víspera? Sevilla es lo que está justo antes de lo que será siempre. Por eso yo defiendo que, en el fondo, aunque venga hasta la Catedral, el Cachorro nunca cruza el puente.
Llegué a esa convicción gracias a un gitano criado en el Tardón que nos anunció con su guitarra el Nuevo Día y que cantaba una copla que parecía escrita para la boca del que expira en la Vega: “Giralda, cuando yo me muera / vendré a acariciar tu cuerpo / vestío de primavera”.
Manuel estaba hecho polvo, gritando todas las tardes en medio del campo porque los alaridos le aliviaban el dolor de su enfermedad. Y en esos estertores, él, que había tenido tantas dudas a lo largo de su vida, me confesó que se fue a buscar en su último Viernes Santo al Cachorro a la calle Castilla para hacerle una pregunta cara a cara, agonía frente a agonía: “ Señor, ¿cómo se cruza este puente? ”.
Él lleva siglos padeciendo el quejido más desolador del Hombre para eso, para enseñarnos a cruzar a la otra orilla, a la orilla plácida, a la definitiva. Nosotros nos vamos y Él se queda para acompañar a quienes nos sucedan. Así que donde más me gusta a mí su jipío es en Sevilla, porque a este lado ya no es sufrimiento, sino triunfo y Resurrección.
A mí donde me gusta el Cachorro de verdad es entrando por la Magdalena, porque por donde lo están bajando de la cruz los Santos Varones, justo por donde está su Calvario definitivo, pasa Él vivo con su pecho abierto demostrándole a la ciudad que es más fuerte que su propia muerte y que la vencerá para salvarnos. Pero donde lo voy a necesitar de verdad es en Triana, que es donde está su gran autoridad, su escuela de la expiración.
Por eso yo aspiro a encontrármelo en mi tránsito postrero agarrado con todas mis gana s a las barandillas de ese último puente, apretando los puños, para despedirme e imprecarle: La vida que se aferra a tu suspiro. La muerte que se agarra a tu lamento. La vida con la muerte en un momento. La muerte con la vida de retiro. Vivir es que respires cuando expiro, morir es que te duermas cuando siento, la vida es que en tu muerte me arrepiento, la muerte es que en tu vida yo deliro.
Tus ojos son quejidos que no mueren, miradas espirales al más alto, el cielo en dos luceros, luz futura, dos f aros de negrura que Tú nunca faltarás si y me hieren: o te falto, yo nunca moriré con tu estatura. No vives porque estás en agonía ni mueres porque aún late tu pecho. Ni vives ni te mueres en tu lecho, ni aclaras ni anocheces este día. Quieres ir al gran trance con maestría, cruzar ese martirio sin despecho, y el tiempo de tus labios, tan estrecho, no te deja exclamar tu bonhomía.
Ni avanzas asfixiado hacia la muerte, ni duermes ni despiertas desvelado, ni el aire en tus pulmones se equivoca. Ni eres frágil, Señor, ni eres tan fuerte, ni hay niñas en tu cielo, está nublado, ni un ay en las barandas de tu boca. Te juegas tu poder a voz en grito tirando al río Betis mil monedas: todo es a cara o cruz y en cruz te hospedas, en cruz plantando cara al infinito.
Tu lucha cada Viernes es un rito que nubla en tu retina mis veredas, y yo me voy, Señor, y tú te quedas, eterna es tu condena sin delito. Si no expiras bastante en el Museo y exponen tu más triste vaticinio, sufriendo sin respiro y sin ahorro, mi muert e es tu dolor en su apogeo: ni puede ya llorar tu Patrocinio, ni Tú podrás seguirme, mi Cachorro.





