Sevilla, ⭐ Portada

Diario de Cuaresma (XVI): Costalero

Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla

José Luis Garrido Bustamante. Año 1990

El pregonero deshoja las páginas de la memoria mientras homenaje a uno de los pilares de nuestra semana grande: el costalero.

Y en ese ascua de halagos Bustamante habla de la Virgen, San Juan, San Agustín o el propio Jesús de Nazaret, el Señor y Salvador por quien conmemoramos anualmente su Pasión, Muerte y Resurrección.

La apoteósica del poeta, periodista, escritor y cristiano convencido se aunan en un texto lleno de vivencias, sabor cofrade y sevillanía.

¡Al cielo con ella!

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo, sigue diciendo Sevilla y pueden recordarse las frases del Maestro que resume el apóstol Juan “Cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi nombre.

Pedid y recibiréis” y la matización de San Agustín afirmando que “Dios tiene más deseos de dar que nosotros de recibir”. Quien conoce la palabra de Jesús, y se atreve a practicarla cada día, comienza aquí abajo la vida de eternidad.

Por eso, a veces, los planes de la tierra y el Cielo se llegan a confundir, tal vez porque sea fácil elevarse al Cielo cuando camina sin caminar por Cuna, Sierpes o Placentines, Jesús de la Pasión, sublime ejemplo de la humanidad de Cristo en unión con su Divina Persona sobre el sagrario, digno de veneración de su paso de Cayetano González, opus magnum del arte de la orfebrería.

O si se tiene el privilegio de contemplar esas salidas de la Hiniesta o de San Esteban que, durante un tiempo, tendremos que describir hasta que vuelvan a producirse.

En la Hiniesta esquivando con agilísimas fintas costaleras las ojivas de la puerta del templo y en San Esteban consiguiendo esa misión imposible de empezar a bajar, después de doblar los zancos, escuchando la voz del capataz que manda: “los dos costeros a tierra por iguá”… “Poco a poco… más… más…”.

Y uno siente cómo los riñones de los que van debajo se deben estar partiendo hincando las rodillas casi hasta taladrar el suelo, mientras los del Cristo se agarran por fuera sin sitio para poner las manos.

Es el Cielo en la tierra. El Cielo al que suben los pasos con el grito que tal vez pronunciara el Balilla por vez primera: “Al Cielo con Ella”.

El Cielo al que siguen queriendo llevar sus costaleros hermanos de San Bernardo el paso del Cristo de la Salud para que continúen subiendo los altos candelabros de sus esquinas hasta el borde mismo de las luminarias celestes, allí donde espera, con el costal bajo el brazo y desde aquella tarde en la Plaza de la Alfalfa, el costalero que ahora falta en su cuadrilla.

Mira, Madre, que yo quiero morirme de costalero.

Como se muriera un día Pepe Portal, de costero, sintiendo sobre su carne todo el peso del madero.

Y rezando que no hay forma más adecuada a los rezos que sentirse Altar de Cristo, portador de sus misterios que, por las calles, transita ante el humano embeleso.

¡Cómo lastima la tarde la muerte del costalero!

Diríase que pensase que habrá de quedar ya quieto inmóvil ya para siempre el paso de Cristo muerto. Pero la tarde se asombra y el paso sube de nuevo, bajel de dorado casco sobre cabezas de pueblo.

Porque el mejor homenaje que merece un costalero cuando, costal bajo el brazo, se presente ante el Eterno, es que su paso camine tras levantadas de ensueño y que se llamen a tiempo, bien a compás, los pateros que fijen los fijadores y que los corrientes, dentro, sientan correr en sus pulsos sangre de hombres enteros.

Costaleros de Sevilla ¡locos de amor! ¡ qué contento cuando la voz del de Arriba pregunte: “Estáis ya puestos? que voy a llamar, que vengan conmigo todos al Cielo!”

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