El acontecimiento cultural más importante del pasado año tuvo lugar en Madrid. Tras un cuarto de siglo abría por fin la Galería de las Colecciones Reales con más de 650 piezas repartidas en dos salas expositivas. Un edificio que ha recibido más de diez premios de arquitectura y que se antoja sobrio acoge en su interior un extraordinario contenido.
El museo contiene obras de Patrimonio Nacional que se encontraban en otros Reales Sitios y que ahora se encuentran divididas en dos grandes espacios. En la plata -1, dedicada a los Austrias, pueden recorrerse obras que se enmarcan desde el final de la dinastía de los Trastámara hasta el final del reinado de Carlos II. Se pone de relieve el papel desempeñado por los Reyes Católicos como iniciadores del coleccionismo real.
La -2, dedicada a los Borbones, aborda diferentes temas como la música o las reales fábricas, así como la construcción de los palacios reales de Madrid y de La Grana. Por último, se destaca el compromiso de Patrimonio Nacional como gestor del inmenso acervo cultural.
Finalmente, la planta -3 comienza con El Cubo, un espacio expositivo que invita a sumergirse en los espacios arquitectónicos y naturales de Patrimonio Nacional a lo ancho y largo de la geografía española. Por último, una amplia sala de exposiciones temporales acoge diferentes exhibiciones.
Diez obras imprescindibles
Políptico de Isabel la Católica
Quince tablas de pequeño formato con escenas de la vida de Cristo, destinadas a uso devocional de Isabel I de Castilla. Destaca la extraordinaria delicadeza y maestría técnica de Juan de Flandes, a quien se atribuyen (hacia 1465-1519). En la testamentaría de Isabel la Católica de 1505 se indica que en origen eran 47 tablas, que se vendieron en pública almoneda. Las quince conservadas se reintegraron en 1530, cuando Carlos V las heredó de su tía Margarita de Austria.

Misa de San Gregorio
Tapiz que fue un regalo de Juana I de Castilla a su madre, la reina Isabel I. El paño muestra uno de los episodios más repetidos del arte religioso de los siglos XV y XVI, la Misa de San Gregorio, en el que se narra el milagroso hecho de la aparición de Cristo al Papa Gregorio Magno mientras celebraba la misa. Atribuido a Colyn de Coter (1455-1525), cartonista; Pieter Van Aelst (activo 1495-1531), tejedor.

Altar portátil
De estructura arquitectónica con superposición de órdenes y rematado por un frontón triangular con Dios Padre y la Virgen María, recorre la vida de Cristo desde la Anunciación hasta la Crucifixión a través de varios relieves. La iconografía se enriquece con las siete virtudes, cardinales y teologales, y con ocho de los doce apóstoles. Anónimo alemán, modificado por Juan Rodríguez de Babia (hacia 1525-1594), actualizando su decoración al gusto del momento.

Cristo crucificado
Realizado hacia 1565, la historiografía especializada en Tiziano (hacia 1489-1576) destaca la belleza expresiva de su trazo y la valentía de las pinceladas tan sueltas. A diferencia de otras obras, se desconocen los pormenores del encargo y envío al rey, produciéndose su primera mención en la Entrega de 1574 a El Escorial. Habría sido realizado hacia 1565.

Salomé con la cabeza del Bautista
Óleo sobre lienzo ejecutado hacia 1607. Obra maestra de los últimos años de producción de Michelangelo Merisi Da Caravaggio (1571-1610) en su primera etapa napolitana, tras huir de Roma. Toma como punto de partida modelos lombardos del Cinquecento, consiguiendo una escena de extraordinaria invención en la que aparecen confrontadas belleza y brutalidad: el contraste entre la fría indiferencia de la hermosa Salomé ante la cabeza inerte del Bautista sobre la bandeja.

Cristo en la cruz
Bronce fundido para un crucificado enviado a España, convirtiéndose en el primer encargo de un rey extranjero a Gian Lorenzo Bernini (1598-1689). Habría sido realizado entre 1654 y 1656). Fue encargado por Felipe IV, quien pagó 1.000 escudos por la obra, recompensándolo además con una cadena de oro. Es la única figura completa esculpida por Bernini en metal y no sujeta a un conjunto monumental que ha llegado hasta hoy.

San Francisco en la zarza
Óleo sobre lienzo de José de Ribera (1591-1652), quien lo realizó hacia 1630-1632. Representa el episodio milagroso en que el santo, para huir de las tentaciones del demonio, se arroja a una zarza de espinas que se transforman en rosas, instituyéndose la indulgencia plenaria conocida como Perdón de Asís. Esta obra se sitúa en una época temprana del autor.

El arcángel San Miguel venciendo al demonio
La Roldana (1652-1706) alcanzó un reconocimiento artístico en su tiempo inconcebible para las mujeres con pequeñas composiciones policromadas de temática religiosa. En 1692 consigue el nombramiento de escultora de cámara en la corte de Carlos II, siendo la primera mujer en obtener tal distinción. El San Miguel (1692) es una de las obras que mejor encarna los logros de su personal enfoque a la hora de valorar la composición, la corrección en el tratamiento anatómico y la compensación de los volúmenes.

Ecce homo y Virgen María
Los trabajos de musivaria resurgieron en el siglo XVI gracias a las labores de decoración de la Basílica de San Pedro, cristalizando durante el pontificado de Benedicto XIII (1724-1730), en la creación del Taller de Mosaicos del Vaticano. En 1738 Pietro Paolo de Cristofari (1685-1743) y Francesco Giardoni (1692-1757) realizan, el primero de ellos los mosaicos y el segundo los marcos de bronce, dos piezas que fueron ofrendadas por el Papa Clemente XII a María Amalia de Sajonia.

Corona, rostrillo y resplandor de la Virgen de Atocha, y corona del Niño
El 2 de febrero de 1852 y tras el nacimiento de su primogénita, la reina Isabel II, fiel a la tradición de la Corona Española, acudió a la Real Capilla de Atocha en señal de gratitud por el feliz acontecimiento y para presentar a la Virgen a la recién nacida. En la galería del Palacio Real, el cura Martín Merino, se abalanzó sobre la reina y le asestó una puñalada. Isabel II resultó ilesa, y doblemente agradecida ofreció como exvoto a la Virgen las joyas que lucía ese día. El platero y diamantista Narciso Soria realizó la adaptación de las joyas de la reina a las proporciones de la escultura de Nuestra Señora y el Niño Jesús en 35 días: una corona de plata dorada para la Virgen y otra más pequeña para su hijo, un rostrillo o adorno para enmarcar el rostro y un halo o resplandor, todo ello guarnecido con brillantes y topacios de Brasil.






