La vara del pertiguero, Opinión

Dimes y diretes

Un rayo ha caído sobre San Cayetano. El suceso fue hace días, pero aún brilla en nuestra memoria. Casi al momento, otra centella salió en respuesta, reafirmando su posición y dejando claro que, en el juego de la tormenta, ella no iba a dejarse intimidar. Fue un breve espectáculo, sin duda, aunque no se recuerda algo así desde hace mucho tiempo. Bueno, al menos no de forma pública y con miras a un cabildo de elecciones.

Eso de las elecciones tiene su propia sintomatología, si bien normalmente oculta y reacia a dejarse ver. Por suerte, las redes sociales se hacen eco de ella y nos la muestran. Sin embargo, nunca pensé que se contagiarían del espíritu político-social que vivimos en la actualidad. Me refiero a los discursos mordaces que gustan tanto. Más aún si vienen disfrazados de generosidad, ofreciéndose a colaborar no sin antes lanzar una poco sutil estocada a lo Alatriste. Desde luego, ante el audaz amago, es justo que el rival responda con firmeza y, si puede, devuelva estocada por estocada. Al final, queda todo en tablas y la lucha se pospone hasta el siguiente post o tweet.

Ahora en serio, es muy triste. Este fenómeno es común en otros ámbitos y nos resulta ya muy habitual. Obviamente, no vamos a caer en el «buenismo», pensando que en las hermandades todo es amor y armonía. No obstante, algunas veces se nos olvida que precisamente ese es uno de sus principios y finalidades: el amor fraternal, que se fundamenta en aquel mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. Incluso cuando el prójimo tiene sus malos días y dan ganas de mandarlo, costero a costero, hasta la otra punta de la ciudad.

Tampoco podemos caer en la justificación de los errores. Si los hay, claro; que en lo de las ayudas, las no ayudas y las mil quinientas, no me meto. En cualquier caso, ante las desavenencias, el diálogo ha de ser siempre el primer remedio. Si no funcionara, hay otros medios más apropiados dentro de una hermandad, sin necesidad de caer en juegos ni insinuaciones. Recordemos siempre que somos cristianos y que estamos llamados a vivir de una manera distinta a la que ofrece el mundo. Si no, apenas podremos cumplir con aquello que afirmamos creer.

Sirva todo esto como reflexión sobre una anécdota que nunca ha de convertirse en la tónica a seguir. Es fácil dejarse llevar por impulsos y modas, pero nosotros hemos de actuar de otro modo. Por el contrario, si este tipo de discursos se hace habitual, la tormenta llegará y los rayos dejarán de ser metafóricos y causarán penosos daños donde caigan. No hay nada más que ver nuestro alrededor para convencernos de esta clamorosa verdad. Por tanto, actuemos en consecuencia y no olvidemos que, ante todo, somos hermanos.