Antes de comenzar el primer escrito en mi sección de El Rincón del Pensar, quiero darle las gracias a Gente de Paz por darme el regalo de poder expresar mis sentimientos, mis inquietudes, mis alegrías y mis penas… desde mi sacerdocio, desde mi ser también cofrade y costalero de la Semana Santa de mi Córdoba que me parió, quiero daros a todos las gracias. A los que me leeréis, a los que rezaréis por mí y a los que no me puedan leer y yo rezaré y escribiré para todos. Quiero comenzar mi primer escrito, por una cita del evangelio, del Apocalipsis:
“Conozco tu conducta: tus fatigas y paciencia; y que no puedes soportar a los malvados y que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste su engaño. Tienes paciencia; y has sufrido por mi nombre sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes” (Apocalipsis 2,2).
Estoy viviendo una experiencia tan hermosa en mi vida, como párroco, tengo un grupo de jóvenes que luchan por tener una Virgen, en un futuro tener una hermandad y poder dar testimonio de fe en las calles de mi pueblo de Guadalcazar. Cuando me reúno con ellos me expresan sentimientos de Iglesia, de querer asistir a la Eucaristía, su ilusión de llevar un voluntariado visitando a los enfermos de mi pueblo y después una disposición total para organizar eventos y hablar con todos los que le hagan falta para que puedan hacer su sueño de fe en realidad. Y me viene al corazón la última frase del Libro del Apocalipsis, aquel “reproche”, tan sencillo y tan natural que nos expone Dios: “has perdido el amor primero”.
No hablo en el ambiente de nuestras hermandades y nuestras cofradías de Córdoba, porque me gusta preguntarme a mí mismo. “¿Donde tengo mi amor primero?” Aquel que un día me llevó a enamorarme de una cofradía, a la cual iba a rezar, iba a pinchar cera, donde la ayuda a las cruces de mayo era momentos hermosos de risas, sufrimientos y alegrías. Donde se quedo mi amor primero, en aquellas reuniones del “grupo joven” de mi hermandad, que ya desde pequeños soñábamos que algún día llevaría las riendas de una Junta de Gobierno. Parece que vamos creciendo, la “rutina” se va metiendo y el sentimiento del amor y la fe se va perdiendo.
Os animo a todos, que recobremos ese amor primero, que un día nos llevó a la hermandad, que cojamos las raíces de nuestros mayores. Seguramente algunos seguirán vivos y nos podrán contar su sabiduría, seguramente habrán otros que desde el cielo nos irán guiando y dando los pasos. Y que ninguno de nosotros perdamos las riendas del amor, de la sabiduría y de dar con alegría el anuncio de la fe.
Nos falta mucho camino por recorrer todos, pero cuando hacemos las cosas desde Dios como cambia todo, nuestras reuniones son desde el amor, nuestros ensayos de costaleros es un encuentro hermoso de prepararnos todos para que un buen día de la Semana Santa seamos todos cuadrilla de fe. Quiero hacer un paréntesis, en este momento del ensayo y del costal, para mí cuando voy a los ensayos de mi hermandad, solamente el compañerismo de estar unos con otros, la responsabilidad de asistir, la sabiduría de los que nos enseñan para mí esto es una escuela de amor, que después me hacer llevarlo durante la semana a mi parroquia, a mis feligreses, a las hermandades de mi pueblo. Aprovecho ponerme el costal, no para pasar un rato sino para fortalecer mi fe y para ver que en la Iglesia no voy solo. Y como muestra, mis hermanos de mi cuadrilla y mis otros hermanos de la cuadrilla de la Virgen me acompañaron a la celebración de la Eucaristía y yo pude bendecirle a cada uno de ellos su costal, como símbolo de que no es cualquier cosa sino la herramienta para dar fe y testimonio a todos en el lunes santo de Córdoba. En esencia, y sin ánimo, de querer seguir abriéndome en mis sentimientos sobre el costal, lo que os quiero comunicar que cada acontecimiento que ocurre en nuestras hermandades son semillas de amor para cada uno de nosotros y que cuando éramos niños lo vivíamos así, ahora de adultos lo vivimos como “retos” o cada cual que lo llame como quiera.
La pregunta que os dejo en mi artículo, para que todos empezando por mí, podamos reflexionar: “¿Qué gano en no hacerme como niño y no tener esa alegría, ese amor primero?”. Espero que la cuestión de hoy, sea para que nos preguntemos por donde va la raíz de nuestras hermandades, y también para que no le tiremos la “pelota a nadie”, sino para que cada uno de nosotros podamos ver donde está nuestro “amor primero”. Os dejo un pequeño cuento de un sacerdote que cuando se ordenó decía “voy a convertir a todo el mundo a Dios”; pasaron los años de su sacerdocio y empezó a decir “voy a convertir a mi pueblo”, llegó a la vejez y se decía “voy a convertirme”. Con esto os animo, a que todos pensamos que “podemos convertir nuestra Semana Santa”, pero como aquel sacerdote deberíamos de pensar ya y hoy “tengo que convertirme yo”.
Rezo por cada uno de vosotros y además me dejo la pregunta para mí: “¿Qué nota le pongo a mi amor primero?” Y si lo he perdido; ¿Dónde puedo buscarlo?





