Suspira el querubín sobrevolando entre las nubes de incienso que se abren paso por las tierras del rey conquistador porque sabe que hay quienes no comprenden por qué hay caudales para unos y peticiones de gratuidad para otros, porque el agravio comparativo empieza a molestar en determinados feudos y porque llegará un momento en que alguien diga que las fanfarrias dejen de sonar porque o todos moros o todos cristianos.
Suspira el ángel por un capataz dorado cuyo liderazgo se agota con el poder repartido y el compromiso cobrado que deja claro, año tras año, que ni es líder ni es ná, porque al convocar donde más falta hace, casi nadie recoge el guante. Suspira expectante porque la mentira deja huella por mucha amistad de la que uno se aproveche y la espada de Damocles comienza a vislumbrarse a medida que se acerca la nueva frontera.
Suspira melómano y divertido al son que marca el pentagrama de la soberbia de quienes dimiten porque cuestionan su presunta sabiduría consciente de que la autoridad no se impone con amenazas a destiempo sino con el respeto ganado a fuerza de demostrar que los conocimientos nunca están sometidos al capricho barato y las pataletas infantiles.





