Los hechos son claros: el ayuntamiento cordobés subvencionará con 15000 euros más de lo previsto a la Agrupación de Hermandades y Cofradías debido a los gastos ocasionados por la nueva Carrera Oficial. La cantidad, que no es millonaria, se extrae del Plan Estratégico de Subvenciones recientemente aprobado. Hay un matiz que alguien ha destacado, parece ser que esa partida iba a ser en un principio destinada a la Universidad Nacional a Distancia; pero, ¡oh, había impedimentos legales que desaconsejaban tal destinatario!
Eso es todo, sólo comentar al hilo de lo expuesto que si las subvenciones no se destinan se pierden para todos. Sin embargo esos «alguien» de los que hablamos, que pueden escribir en tabloides o en blogs, intentan estrujar la historia y hacerla más suculenta para la parroquia siempre dispuesta a equiparar cofradías con privilegios. Se retuerce la veracidad y se le da un titular con condimento algo como que las cofradías detraen, un verbo que puede dar juego, una cantidad de la UNED. A la vista de semejante titular puede quien llegue a imaginar que, ya puestos, ¿por qué no subtitular: “El Ayuntamiento subvenciona la superstición con el dinero del conocimiento científico”?
Que hay interés en diversos colectivos sociales en enfrentar a lo cofrade con otros ámbitos e instituciones es algo que no es difícil de observar; casi siempre detrás hay un interés político y partidista, en la que algunos medios de comunicación a diestra y siniestra son los correveidiles necesarios. Córdoba es una ciudad donde casi todo el mundo se conoce, y el que quiera echar leña al fuego lo tiene difícil, la ciudadanía cordobesa es poco inflamable además de escasamente influenciable por políticos de segunda fila y periódicos digitales. Hacen falta terrenos ya architransitados y conocidos por todos que sean auténticos escenarios de batallas.
No falta decir que esas contiendas son incruentas, parecidas a los duelos del cuatroccento italiano, donde los mercenarios de las distintas ciudades-estado recibían un peculio interesante; sólo por pasearse entre los olivos, visitar las murallas enemigas, hacer ruido de timbales en campo abierto ante el avistamiento del contrario… y poco más. Se trata de poner prietas las filas, para que no se desbanden y cada individuo piense que quizás el enemigo no es tan fiero, ni me detrae tanto, como el mandamás de turno cuyas propuestas casi nunca tienen sentido.
El perjudicado puede ser en todo caso ese campo de batalla pisoteado por toda una suerte de personajes estrambóticos y prescindibles, a los que el escenario de sus gritos y pedorretas les importa un comino, ya que sólo ven en él un instrumento para sus algarabías sin detenerse a meditar en la belleza de los campos verdes, y los cielos añil de una primavera mediterránea.





