El capirote | Bellavista, Darío Ojeda y el capítulo que falta

En esta bendita ciudad no hace falta salir a buscar noticias. Porque las tenemos a la vuelta de la esquina. Los telediarios abren con informaciones que ubicamos en lugares más lejanos de lo que son en realidad. Aquí las hallamos en la casa del vecino, en una recóndita plaza o en medio del estío, cuando los grillos refuerzan sus cuerdas a orillas del Guadalquivir. Que se lo pregunten a la Macarena. O a la Hermandad de Bellavista. Dentro de poco se iba a celebrar el juicio debido a la denuncia interpuesta por la hija de Luis Álvarez Duarte contra Darío Ojeda a causa de la restauración de la Virgen del Dulce Nombre.

Según la demandante, dicha intervención había supuesto «una transformación significativa que ha alterado la configuración y expresión artística que el autor imprimió a la obra». Más concretamente, resaltaba «cambios trascendentales en el volumen de su rostro, nariz y mandíbula, en la profundidad de las comisuras de la boca y los pliegues y hoyuelo de la barbilla, la alteración en el espectro y profundidad de su mirada, la desaparición de la pátina característica de su autor y la presencia de una policromía radicalmente distinta». Hagamos memoria.

La denuncia tardía

La denuncia causaba sorpresa, entre otras cuestiones, porque la intervención realizada por Ojeda, graduado en Conservación de Bienes Culturales por la Universidad de Sevilla, se produjo entre finales de 2020 y principios de 2021. Cinco años, ni más ni menos. Un movimiento inesperado, tanto como la retirada de la misma, hecho del que hemos tenido conocimiento en el día de hoy. Un comunicado donde Guadalupe Álvarez-Duarte Ortega reconoce, ocho meses después, «que la intervención de conservación-restauración sobre la imagen de María Santísima del Dulce Nombre en sus Dolores y Compasión se llevó a cabo de manera plenamente conforme al procedimiento técnico adecuado, con respeto a los criterios objetivos de conservación aplicables, pleno respeto a la legalidad vigente y a los criterios objetivos de conservación-restauración, sin haberse producido modificación alguna en el estado original de la obra».

El acuerdo, firmado por ambas partes, pone punto y final a una cuestión que ha traído de cabeza a las partes implicadas. Pero me pregunto si no hay algo que se nos escapa ya que, ¿cómo es posible que la hija del fallecido imaginero reconozca ahora el buen hacer de Darío Ojeda -de trayectoria intachable- cuando Diego Manuel Romero, hermano mayor, afirmó que la decisión de restaurar la imagen siguió con todos los protocolos que establece el Arzobispado? No creyó sus palabras, como tampoco le convenció el comunicado emitido por la Asociación Gremial de Arte Sacro donde manifestaba el «pleno convencimiento acerca de la solvencia técnica, el rigor metodológico y la ética profesional que caracterizan la trayectoria de Darío Ojeda».

Firmada la paz, Guadalupe dice adiós a una indemnización simbólica de 2.112,90 euros «por los daños morales causados» y el 50% del precio de 15.000 pesetas pactado cuando la hermandad adquirió la obra en 1969, actualizado al 2.717,2% con el Índice de Precios al Consumo (IPC) del INE». Una indemnización que, en caso de estimarse, iba a ser donada a Cáritas Diocesana.

El principio del fin

Para llegar a este punto tenemos que remontarnos hasta el día en el que se da a conocer a los hermanos en cabildo general de cuentas la intervención sobre la dolorosa. Una comisión creada por diversos expertos, como Luque Teruel o Roda Peña, decide entre varias propuestas. Principalmente suenan dos nombres: Darío Ojeda y Ventura Gómez, quien en varias entrevistas recalca que Luis «fue mi gran maestro, con él lo he aprendido todo».

Pero el discípulo de Duarte es descartado. Comienza la restauración. Y cinco años después volvemos a tener noticias de Ventura Gómez cuando la hija, en la denuncia, pide reponer el estado original de la dolorosa a cargo de Ventura o por otra persona capacitada para ello. La aparición del discípulo de Duarte no queda ahí, ya que en la denuncia se menciona un informe realizado por él mismo sobre cómo debe efectuarse dicha restauración para «recuperar la integridad artística de la obra».

Desde entonces han pasado ocho meses. Comienzan las citaciones para declarar. Contamos con la Hermandad, Darío Ojeda, Guadalupe y Ventura Gómez. Pero nos falta un nuevo nombre que precipita el fin de los acontecimientos: Francisco Figueredo. Restaurador, se sorprende al ver que su firma aparece en el documento de Ventura. Tan pronto como tiene constancia de la citación solicita que le sea retirado del caso aludiendo que él no había firmado tal documento y manifiesta que se enteró de su existencia al ser notificado judicialmente para testificar en dicho litigio.

El acuerdo del que hemos tenido constancia hoy, ahora sí, debe ser insertado aquí para que, por fin, se conozca la verdadera historia de un episodio del que nos hicieron partícipes desde el instante mismo de su nacimiento.  

Los daños

Aclarada la historia, podríamos considerar un concienzudo examen sobre los implicados. Pero el análisis, a pesar de la complejidad, queda en un segundo plano. También se difumina el debate sobre criterios de restauración, básicamente porque desde el minuto uno se ha demostrado lo que han tardado meses en reconocer. Hay quien me confiesa el quebradero de cabeza de la Hermandad, que ha tenido que desembolsar una cantidad nada despreciable para hacer frente a un juicio que ni arrancó.

Personalmente, a estas alturas de la película, me pregunto ¿y el daño causado a Darío Ojeda durante todo este tiempo? Un capítulo que comenzó, casualmente, en un verano donde las noticias escaseaban y en el que la restauración de la Macarena copaba los telediarios. Un periodo donde todo lo que oliese a intervención sobre una imagen era portada en el sur y objeto de burla y cachondeo de Despeñaperros para arriba -que, dicho sea de paso, allá ellos-.

Se da carpetazo al asunto, pero durante todo este tiempo el nombre de Darío ha estado asociado a una denuncia por mala praxis que nos recordarán los buscadores, las redes sociales, que son como la selva digital, y hasta los de la mala baba, que para eso estamos en una ciudad donde la ojana está más presente que los apartamentos turísticos. A veces, el barniz más difícil de quitar no está sobre la obra, sino sobre la reputación de un profesional. El daño es irreparable, no solamente porque la rectificación no tiene la misma difusión que el escándalo inicial, sino porque, ¿quién le devuelve a Ojeda los contratos perdidos, las noches sin dormir?

La Virgen del Dulce Nombre aguarda ya un nuevo Viernes de Dolores