Desde principios de junio la ciudad llena las calles con la bandera LGTB. Así que sabemos que nos encontramos en el mes de la diversidad, en la que se pone de relieve el respeto a las distintas orientaciones sexuales. Conocemos este emblema, aunque no está de más recordar que si tiramos de banderas bajo el paraguas de la LGBTIQA+ tenemos desde la lésbica, bisexual, trans, intersexual, asexual, pansexual y un largo etcétera. Y la Semana Santa, como reflejo de la sociedad, cuenta con un sinfín de capillitas que también se definen dentro de los términos mencionados anteriormente.
El Ayuntamiento ha encontrado un filón en la fiesta del Orgullo. Y ahí los tenemos dando proclamas y apostando por la igualdad. Porque son conocedores de lo que genera dinero, y allí hay que ir para que nos vean, nos reconozcan y nos voten. ¿O acaso la política es ajena a la cada vez más creciente comunidad LGTBI? Por supuesto que no.
No estaría de más que las hermandades y cofradías, no solo de puertas hacia afuera sino también hacia adentro, hicieran un examen de conciencia y apoyaran al colectivo, habida cuenta de la presencia entre sus filas de orientaciones que durante décadas fueron censuradas (y que hoy, desgraciadamente, continúan estándolo). Vestidores, priostes, escultores, hermanos mayores… da igual la posición que se ocupe dentro de una cofradía, el trabajo que se desempeñe o la función. Por eso es extraño que, si hasta ayuntamientos de derechas apoyan al colectivo, no lo hagan las hermandades, entre las que también se encuentran otro tipo de señores salidos del Pleistoceno medio que sueñan con la vuelta del franquismo y la represión.
Como recuerdo que a uno le viene a la cabeza, dos artículos de Antonio Burgos, quien recibió la medalla de hijo predilecto de Sevilla este mismo año. Curiosamente, ninguno de ellos colgados en su página web, y con rastro prácticamente nulo en este mundo tan cada vez más amplio que es Internet. Entre otras perlas: «sabios doctores en homosexualismo, transexualidad y otros males de siglo, desde coordinadores de gays y lesbianas, me han dicho que soy un homófobo, por criticar que una TV local de mi pueblo contrate como estrella a un señor que antes se llamaba Manolo Fernández, que luego no fue señor y se llamaba ya Bibi Andersen y que ahora ni es Bibi Andersen ni nada». Así, como un mal de siglo, ¡ay! Si supieras cuántos de estos mantienen viva la Semana Santa…
Y otra vez, dale Perico al torno, sobre el fichaje de Bibiana Fernández de la extinta Onda Giralda, expone que una de las conversaciones transcurrió del siguiente modo:
«— Hemos fichado a Bibi Andersen para presentar un nuevo programa nocturno.
Y voy y le digo:
— Eso, como si no hubiera maricones suficientes en Sevilla, tú te pones a importar maricones…
— No irás a poner eso en el periódico…
— Qué poco me conoces […]. Vamos que si pongo eso en el periódico».
El artículo no tiene desperdicio. Continúa desgranando lo que parece ser resultaría desternillante: «Por mí como si quieres contratar a Boris par que pegue plumazos por La Cartuja […] Pero que digo yo que para eso de traer desechos de tienta y cerrado de las televisiones ya está Canal Sur. […] Eso que un maricón operado entreviste a Amalia Gómez […] importando mariquitas con pretensiones y operaciones […]».
Artículos que seguro despertarían la carcajada de algún que otro hermano mayor, y de un sinfín de hermanos, porque la homofobia presente en las cofradías está. ¡Y qué poco hacen públicamente a sabiendas de que sin ellos decaerían… y mucho! Luego llegó el reconocimiento de Hijo Predilecto. Y ya se habla hasta de una calle. No sé qué pensarán la Fundación Triángulo, ARCO ÍRIS o Andalucía Diversidad LGBT, pero para quien escribe, la esperanza puesta en que los tiempos soplen a favor del respeto y de la igualdad.





