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El capirote | De carteles, cartelitos y cartelazos

Las nuevas tecnologías trajeron consigo una inusitada inmediatez como nunca antes habíamos visto. Un cartel se presenta en un remoto pueblo de Castilla y rápidamente el mundo entero lo conoce. Pensamos que hay más carteles que nunca, pero la obra anunciadora de la Semana Santa es para cada rincón un mensaje que pone en valor nuestras tradiciones más arraigadas.

A los artistas que ya llevan tras de sí una destacable trayectoria en cartelería cofradiera podemos reconocerlos, aunque no sepamos para qué ciudad se ha realizado la obra. Algunos tienen tal personalidad que solo basta con un vistazo para saber quién está detrás. Sucede que en ocasiones el artista repite una misma idea y sigue teniendo éxito, pero en otras ya nos llega a cansar. Opiniones y gustos para todo el público las hay y ha habido siempre, por eso uno encuentra afines y detractores a partes iguales.

Al cartel de Semana Santa le sucede igual que al pregón: todos son doctos en la materia. Ninguno de ellos juzgará los conocimientos previos, las pinceladas o la dicción, algo que podrán juzgar aquellos que tengan tras de sí un bagaje lo suficientemente amplio como para enfrentarse a este debate. Pero jugamos a ser conocedores de todo cuanto vemos. No podemos quedarnos en si es bonito o feo, porque denotaríamos ignorancia, aunque puestos a debatir nos creemos más de lo que sabemos y precisamente acabamos revelando nuestro más puro desconocimiento. A fin de cuentas, ¿acaso no puede uno desde su perspectiva juzgar lo que ve? El problema estriba cuando nos metemos en aguas profundas con la certeza de que no sabemos nadar.

Observaciones aparte, el análisis de los carteles a los que estamos asistiendo nos revela la buena época que atraviesa la cartelería cofradiera. Obvio, de todo hay en la viña del Señor, pero no podemos negar que si comparamos el momento actual con el de hace una década hemos dado un salto importante. Se ha vuelto predominante conocer el cartel de Semana Santa en enero, al contrario que en otras ciudades. El caso más asombroso es el de Sevilla. Presentar un cartel a finales de febrero –y no uno cualquiera– es para que media ciudad se echara a la calle… o la ciudad entera. Teorías aparte, más que señalar a un causante habría que repartir culpas a partes iguales, porque detrás no hay una única pieza de ajedrez sobre este tablero.

Aparte del de Sevilla, de las capitales solo queda conocer el de Huelva. Hoy, el de Almería, de manos de Martín Mena, puso el broche de oro a esta frenética semana de carteles anunciadores. Una obra de altura.

José Cabrera eligió a María Santísima Nazarena como protagonista. No sorprende su elección, es incuestionable el conocimiento de la dolorosa más allá de la propia Córdoba. Una devoción que gana adeptos con el paso del tiempo. El fondo sobre el que se presenta o el grafismo, un acierto que nos recuerda al Modernismo.

Tras la polémica de 2021 con el un cartel que trajo cola –las redes no tardaron de acusarlo plagio–, en Granada volvieron a asentarse las cosas. Solo fue cuestión de tiempo. Una idea original, un tríptico de Manuel Prados con la dolorosa del Amor y Trabajo ataviada como antaño, en una estética recuperada con acierto por la corporación.

En Málaga se volvió a los años 20. No es ajeno. Uno observa las tabernas del centro de la capital de la costa del Sol y los espacios donde se celebran las tertulias cofradieras y se conoce una etapa de esplendor en la cartelería. Pocas décadas contaron con tal arrojo a la hora de proyectar las fiestas. Por eso regresar a los años 20 es siempre un acierto. Imaginen volver a la cartelería de los años 60, 70 u 80, que no gozaron, ni de lejos, de la misma originalidad.

La destreza de los pinceles de Fernando Vaquero es tal que pocos pueden igualársele. «Sangre y agua» es el título de una obra protagonizada por el Nazareno del Gran Poder, una obra reciente que camina hacia la ciudad del Santo Reino. Toda la ciudad es páramo hasta que asoma la efigie de la imagen que reside en la iglesia de Santa Cruz. El acierto de la obra, como suele ser habitual en las composiciones de Vaquero, fue no recurrir a carteles con cientos de elementos que uno tiene que pararse a discernir para conocer su significado. Con tal efecto, el reconocimiento por parte del espectador es prácticamente inmediato.

En Cádiz, Daniel Franca volvió a recurrir a una de sus creaciones más reconocidas: el cartel en la pared. Comenzó a crear polémica la transcripción del habla andaluza, que no pasa de ser anecdótica porque cebarse con ello acaba igualando a uno con la ignorancia. Aquí es donde podría rebatirse a aquellos que lo critican con cientos de argumentos. Desde los libros de texto de la ESO en Andalucía, la normativa para defender el andaluz –aunque más correcto sería indicar hablas andaluzas– o todo el empeño puesto desde las altas esferas, pero también las bajas, de defender nuestro modo de hablar. Toda esta caterva de analfabetos que se ceban con la grafía bien podrían entonces fletar un autobús y presentarse en las instalaciones de Canal Sur para obligar a la plantilla a pronunciar las eses… o a que lo hagan ellos. Para quien suscribe, este ha sido el acierto del cartel de Cádiz. Frente a quienes creen que se ha ridiculizado el andaluz está el resaltar nuestras señas de identidad. Nuestra forma de expresarnos, de vivir nuestra Semana Santa.

Continuando con la producción de Franca, más me inclino, de sus últimas creaciones, por «El Cristo de la Buena Muerte de Cádiz huele a canela y clavo», un óleo sobre lino donde la pared tiene el mismo color que la policromía del Cristo de la Buena Muerte de la parroquia de San Agustín.

Más allá de las capitales, los pueblos cuentan también con interesantes aportaciones, otras quizá no tanto. En este último podríamos situar el de Barbate, de José Quirós González, o el de Ayamonte, de José M. Alejandro Rodríguez.

Más interesantes resultan, a nuestro parecer, entre otras cuestiones por originales, el de Chiclana, de Antoine Cas, Sanlúcar de Barrameda, obra de Isaías Yuste, o el de Vélez-Málaga, de Yolanda Pérez Camacho, con multitud de detalles, pero donde estos no acaban recargando en demasía la composición gracias a las tonalidades utilizadas.

La fotografía ha ido reduciendo su presencia en la cartelería. Menos originalidad, por cuestiones obvias, pero con bellas composiciones, como la de Guadix. Fuera de la comunidad, es sobrecogedora la instantánea que ilustra el cartel de la Semana Santa de Medina de Rioseco.

Una obra que es todo un cartel en mayúsculas

Aunque no pertenezca al ámbito de los carteles anunciadores de la Semana Santa, no podemos olvidar que esta semana el que se presentó en la sala Antonio Domínguez Valverde del Palacio arzobispal con motivo de la VI Gala solidaria de Manos Unidas, que anualmente organiza la parroquia de San Vicente con el apoyo de la delegación de Sevilla. Una muestra más de una composición que perfectamente podría servir para anunciar nuestra celebración más universal. En esta ocasión César Ramírez ha representado, según sus propias palabras «un cartel lleno de vida, un cartel lleno de Aguas de Vida para una gala solidaria. Porque el agua da la vida y la solidaridad nos llena de amor…». Manos unidas centran la composición, manos como las primitivas de la Virgen de las Aguas.