El capirote | El análisis… de lo peor

El runrún de que la Semana Santa va a morir de éxito es trending topic cada año. Más que de éxito acabará desvirtuándose y no la reconocerá ni la madre que la parió gracias a una particular protagonista: la actitud del público.

Escasea el saber estar, el respeto y la educación. Las fórmulas de cortesía dan un paso atrás frente a la caterva de mamarrachos que nos acabarán arrollando. Pudimos contemplarlo el Domingo de Ramos, en la plaza de Molviedro, con jóvenes -la mayoría- que bien necesitarían entrar en Hermano Mayor. Aquellos apostados en el lateral izquierdo de fray Bartolomé de las Casas, dirección a la capilla, negándose a que unas personas mayores pudieran apostarse en la pared cuando había hueco. Ni qué decir tiene cómo estaba la propia plaza, con mantas en el suelo para que la sociedad cansada que tenemos pudiera tumbarse a pierna suelta mientras disfruta visionando redes sociales que desprenden sapiencia a través de cada vídeo.

La mala educación también la tienen ciertos padres, con sus hijos subidos a los hombros, cuando bien podrían sostenerlos en brazos y evitar así que los atrás no vean prácticamente nada. Pero aquí cada uno va a su bola, así que sálvese quien pueda. Por eso hay quien decide no pisar la calle y dejarla a otra serie de especímenes, como los que en la puerta del Arenal acabaron formándola cuando el primero de los pasos de Las Aguas se dio la vuelta por la lluvia o los que silbaron a San Esteban. Proliferan auténticos hooligans a los que les da igual que quien está sobre el paso sea una imagen de Cristo o una reproducción de Aquaman. Porque ellos quieren movimientos espasmódicos, espectáculo sin religión. Cada vez más, la gente que necesita la Semana Santa prefiere quedarse en casa.

Las actitudes y comportamientos no aptos acaban ya alcanzando a otros sectores. Observé cómo se llamaba la atención a la representación de la Guardia Civil que iba ante el palio de la Sed por parte de los fiscales del paso. Para estar al frente hay que estar muy preparados, porque la Semana Santa no es la de hace treinta años y la calma es ingrediente obligatorio al menos para tranquilizar a quienes nos rodean.

En la Campana volvimos a vivir entradas con música que nos desconecta de la realidad, un incomprensible capítulo con las ramas de un árbol que tuvieron que podar en peno Domingo de Ramos, y los retrasos se convirtieron nuevamente en protagonistas. Venga la reina o no, no se puede negar que hay que llevar a cabo una operación profunda para que hermandades como Los Gitanos no termine al borde de la desesperación. ¿Dónde está el compromiso de todos los actores implicados?

El alto nivel de los atavíos dejó algunos flecos que no cuadraron del todo. La corona de la Virgen de Loreto, manteniéndose prácticamente en un ángulo de 90º cuando la cabeza está levemente inclinada hacia la izquierda es un aspecto que debería tenerse en cuenta. Más llamativa fue la estampa de una Virgen de Montserrat con las manos caídas, retrasadas en exceso, empequeñecida en un palio que está hecho precisamente para que la dolorosa destaque.

La seguridad no se queda atrás, con colectivos echándose la pelota unos a otros y dejando al pueblo sin que pueda disfrutar de nuestra semana mayor. Vallas y líneas rojas, estas últimas borrándose cada día por la cera. Hay quien desea que se centre la atención en estos aspectos para que no se hable de la escasa visibilidad de una carrera oficial cada vez más privatizada. ¿Quién es el responsable aquí?

El Jueves Santo volvió a amanecer con mantillas. Pero que haya habido una mayor presencia de las mismas no significa que se haya ganado en calidad. El pelo suelto, los colores fuertes en labios y ojos, los pendientes llamativos como si formaran parte del ajuar de la Divina Pastora de Santa Marina o los zapatos… mejor ni hablar del calzado. No se trata de ser tradicionalista. Las mantillas tienen un código. No todo vale.

La celebración de los sentidos está convirtiéndose en una fiesta insufrible. A las imágenes tristes de una ciudad llena de basura se le suma gracias al olfato el olor a orín que, si bien antes se localizaba en algunas zonas del centro, ahora se desparrama como el río que es. Insoportable el hedor que sustituye al azahar y el incienso. Tampoco el oído queda fuera. Hubo saetas muy buenas, otras no tanto. Y si además se eternizan parece que quien está haciendo la estación de penitencia es el asistente que escucha la saeta. ¿Qué pasó con aquella que se cantó en la calle Feria cuando la Virgen del Rosario regresaba a su capilla? El público comenzó a marcharse viendo que aquello no tenía fin.