El capirote | El análisis (y II)

Pero, como en toda Semana Santa, no todos los aspectos a destacar son positivos. De hecho, muy mejorables son los siguientes:

La hermandad de la Sagrada Cena a su vuelta el Martes Santo. El traslado se alargó en exceso, tanto que, si bien se establece que deben entrar antes de que salga la primera del día, esto no se cumplió. La Virgen del Subterráneo se encontraba por María Coronel cuando la cruz de guía del Cerro del Águila se ponía en la calle. Más bien parecía que quisieron resarcirse de aquella salida que Palacio negó a la hermandad con la imagen de la dolorosa para realizar un Vía Lucis con motivo del 75 aniversario del voto de la Realeza de María y el 775 aniversario de la creación de la parroquia de San Román y Santa Catalina. Tampoco se entendió el regreso del Buen Fin, que más parecía una procesión extraordinaria, entrando la Virgen de la Palma en la iglesia de San Antonio alrededor de las once y media.

Otro aspecto a mejorar se encuentra en los cortejos. Algunos con demasiado espacio, que provocan la visión de una cofradía fragmentada. Lo vimos en El Cerro del Águila, San Benito o La Trinidad. ¿Dónde están los diputados de tramo? ¿Cuál es el motivo de estos cortes tan continuados?

Pero, sin duda, el mayor problema acontecido este año está relacionado con el comportamiento del público. Por poner algunos ejemplos, los abucheos al paso del Señor de la Presentación al Pueblo, de San Benito, cuando transitaba por la Alfalfa ya que, según los presentes «llevamos muchas horas para que vayan a paso tambor». Actitud intolerable donde las haya. También el Martes Santo, la entrada de San Benito, con un barrio de la Calzada lleno de bares, deja bastante que desear. Cervezas, cubatas, vasos de tubo en el exterior mientras que se sucedió algún que otro capítulo entre quienes, pasados de copas, increpaban a otros viandantes que pasaban cerca porque según ellos «provocaban que no pudieran ver bien el paso porque no paraban de pasar». Más momentos para olvidar, como el que sucedió el Lunes Santo. Mientras que se rendía homenaje a Juan Carlos Montes, costalero que falleció hace 25 años pasando el paso del Postigo, por parte de la hermandad de Las Aguas, dos hombres discutían en el restaurante Postiguillo. Una señora propinó varios puñetazos a uno de ellos. La mala educación y la falta de respeto parecen haberse puesto de moda en la Semana Santa. Poco antes, cuando la Virgen de la Salud llegaba a Arfe, un padre cruzaba con un carrito por entre los nazarenos, mientras vociferaba a su mujer para que cruzase también ahora que había podido parar el cortejo. ¿Y qué me dicen de quienes toman imágenes con su cámara móvil y prefieren hacer la señal de la santa cruz con la mano izquierda para no dejar de grabar?

Altas cotas de protagonismo han conseguido las bandas. Tanto que tienen cientos de seguidores. Ahora no importa qué misterio ver. El desconocimiento ha provocado que no sepan qué se representa encima del paso, qué se quiere transmitir. Ahora el planning no lo hacen para ver cofradías sino para ver y oír bandas: «Ahora vamos a Virgen de los Reyes y después a Tres Caídas». Al lado de este grupúsculo cada vez mayor, las estampas del nazareno sobre un monopatín o las jóvenes de despedida de soltera que contemplaron el regreso de la Soledad de San Lorenzo se quedan en nada. Aquí, los medios de comunicación, tienen que reconocer parte de culpa, aupando y consagrando a las formaciones musicales a una posición que no les pertenece.

Pocas saetas buenas se escucharon. No porque no se produjeran sino porque la calidad no quedó patente como otros años. En el lado opuesto a la de Manuel Cuevas, la del un señor a la Candelaria que trituró los oídos a su paso por la Alfalfa.

Nuevamente vivimos los empujones, forcejeos y cruces de palabras entre los asistentes a ver cofradías. ¿Dónde ha quedado la educación? En las redes sociales no pocos son los comentarios sobre el comportamiento de la ciudadanía. Ni un «disculpe» o «me deja usted pasar ¿por favor?», porque ahora lo que se lleva es embestir cual toro descontrolado independientemente de quién esté delante. Y habrá jóvenes que se salven, al igual que personas mayores que también se salten las normas por las que nos regimos durante años.

Llamativo es igualmente que el sevillano no sepa moverse por el centro. Vendida la ciudad al turismo, cada vez su centro se vuelve más ajeno al oriundo. La vida se consagra en los barrios y al centro se acude cada vez menos. Si las bullas antes sabían moverse, ahora se han convertido no solo en una masa intolerable sino en un grupúsculo que no sabe ni moverse, que entorpece y provoca tensiones. ¿Qué sucedió el Miércoles Santo? Cuando la Virgen de la Palma avanzaba hacia la Gavidia, comenzó a correr el rumor ante la caída de la lluvia, de que la imagen regresaba a su sede canónica. Entonces el público, sin importarle el cortejo, buscó desesperadamente alcanzar el palio, arrasando todo lo que encontraba a su paso. El cortejo no pudo avanzar, enfrentamiento entre quienes defendía que la estación de penitencia seguía y que había que respetar el cuerpo de nazarenos y quienes hacían oídos sordos y protestaban con un «y tú, ¿quién eres». Lamentable espectáculo.

Para terminar, ¿dónde está la prohibición de las sillas? En ningún momento pudimos verla. La gente apostada en los bordillos, ya hasta sin sillas. Y otros en ellas, que recibían tan solo el consejo de que la recogiesen. Y hacían caso omiso. Pipas, bolsas de patatas, bebidas al paso de las cofradías, más parecido a una romería que a la Semana Santa. La triste realidad de una Sevilla que comienza a devorar la mayor de sus glorias.