El universo cofradiero de los últimos tiempos ha llegado a un punto tal que tenemos información los 365 días del año. La aparición de páginas webs, programas en distintas cadenas locales y podcast ha contribuido a que reportajes, crónicas y entrevistas se extiendan más allá de la Cuaresma. Antes, los días previos de preparación a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús eran los que concentraban todo lo concerniente a las hermandades y cofradías.
Ahora tenemos a las corporaciones presentes en redes sociales, donde nos informan desde las últimas restauraciones hasta los estrenos patrimoniales, los resultados de las elecciones o la modificación de las reglas. Por no hablar de las retransmisiones online de conciertos o pregones.
El interés que suscitan actualmente nuestras hermandades ha llamado la atención de numeroso público. Detrás de las informaciones, periodistas titulados, fotógrafos que se juegan a ser periodistas y otros que por verter sus puntos de vista se creen Jesús Quintero —algo así como el que se piensa que es Lázaro Carreter por saber usar un diccionario—. El problema no solo radica ahí, en el desconocimiento del código deontológico ni lo que significa esta profesión, sino que aumenta cuando el propio periodista titulado acaba patinando.
Por ejemplo, el periodista no decide cuándo deja de serlo. Recientemente, uno de ellos ha sido invitado a formar parte de una comisión. Y según vengo observando, pretende separar dos planos, actuando como persona privada y no como profesional. Un estudiante de 1º de Periodismo lo habría tenido meridianamente claro ya que, si una persona es invitada a una comisión precisamente por su relevancia pública o condición de periodista, la separación no es tan sencilla. Dicho de otro modo, si aceptas participar en un proceso y luego escribes sobre él, aunque sea de manera indirecta, estás utilizando tu posición profesional. No se puede invocar tu condición de particular para acceder a la información y tu condición de periodista para influir en el debate posterior.
Dentro de este debate, hay quien llega a defender que es mejor perder la credibilidad que los principios. La frase, cargada de una fuerza retórica tremenda, presenta un problema: ¿esto quiere decir que el lector debe creer que existen razones de peso para callar sin poder examinarlas? La credibilidad periodística no se sostiene en declaraciones de principios, sino en hechos verificables. Es decir, si se pide confianza al lector mientras se ocultan los elementos esenciales del asunto, se está exigiendo un acto de fe más que un ejercicio de información.
Contar un tema sin especificarlo también puede ser una forma de influir. Por ejemplo, si se forma parte de una comisión y afirmamos que no vamos a revelar confidencias, pero al mismo tiempo sugerimos que existen hechos que permitirían entenderlo todo, ponemos de manifiesto que, si realmente no se quiere utilizar información reservada, lo coherente sería no aludir a ella. Al insinuar que se conocen datos, pero que no se pueden contar, condicionamos la opinión pública sin aportar pruebas. Y, ¿a qué conclusiones nos lleva todo esto? Extraigan ustedes las suyas, aquí le dejo la mía, resumida en que la confidencialidad protege procesos, pero también puede proteger errores.





