Llega la Cuaresma casi sin darnos cuenta en un febrerillo loco, como dice el refrán, en medio de lluvias, vendavales y altas temperaturas. Pero más allá de los muros de los templos el tiempo parece detenido, ajeno al ajetreo diario de unas calles que ya comienzan a oler a incienso y el azahar explota.
Las calles vuelven a poblarse de naranjas, caídas, por supuesto, y amargas, porque de lo contrario no quedaría ni una. Cuídese usted de que no acaben sobre su cabeza, porque aquí el centro amanece limpio, como si no hubieran pasado los cientos de turistas y sevillanos que se echan a las calles cuando ya la luz va ganándole el pulso a las sombras. Pero más allá, los barrios siguen esperando una limpieza que ya más que urgente se convierte en tópico.
Pero regresemos al interior de las iglesias. Qué maravilla la estampa recuperada en Las Siete Palabras. Vimos una composición de otros tiempos nacer ahora con el boom de las redes sociales y la fotografía. La posición del Cristo, que permitía poder ver su rostro sin apenas distancia del de su madre. El pasado fin de semana contemplamos en aquella pequeña capilla en la antigua calle Varflora al Cristo de la Salud y la Virgen de la Luz.
Hemos asistido al traslado de los titulares de La Estrella hasta San Jacinto, un sueño impensable que desde hace años logra hacerse realidad. La luz ilumina el rostro de una de las grandes dolorosas de nuestra ciudad en una jornada donde la Semana Santa parece estar más cerca que a la vuelta de la esquina.
En Santa Cruz el Cristo de las Misericordias volvió a sobrecogernos el corazón y el crucificado de la Buena Muerte llegó acompañado de la Angustia para rememorar aquellos primeros años de vida que llenaron la antigua fábrica de tabacos de consuelo para los universitarios que serán el futuro.
Con la vista puesta en Semana Santa, no vendría mal pararse a pensar en las maravillas que la Cuaresma nos revela cada año. Después, vendrá lo que tenga que venir que, sin duda, llegará.





