¡Qué valentía tan grande encuentra uno en las redes sociales! Nada que ver con lo que escasea en la calle, donde uno agacha la cabeza o se cruza de acera antes de que pueda escuchar opiniones que no le gustan. Resulta que el otro día un usuario se quejaba en la red de Mark Zuckerberg del exceso de procesiones extraordinarias que había. No hay nada mejor como las redes sociales para sacar a relucir la mala educación. Y una señora se afana en responderle que si no le gustan que no vaya. Y este era el comentario menos ofensivo que uno podría encontrarse.
En esto se han convertido las redes sociales, en una especie de corrala donde el anonimato te posibilita poder verter cualquier opinión porque el mundo lo que necesita ahora, precisamente, es que cuando un usuario da su punto de vista sobre un tema, se le echen encima otros tantos criticando una opinión que no pasa de ser más que un pensamiento personal que no tiene ningún ánimo de ofender.
Pero al igual que hay divisiones en la calle y en internet, también las hay en el propio mundo de la red. Por ejemplo, antes el periodista podía no responder a los correos de un determinado imaginero que le escribía porque había puesto a caer de un burro a una imagen de María Magdalena. O aquel historiador del arte —que ha comenzado una nueva andadura en Cope Sevilla con un programa que ha arrancado con menos audiencia que los Cuentos chinos de Telecinco— que enumeró una serie de obras representando a San Juan Evangelista de la ciudad y se olvidó de una muy conocida. Recibió el correo del escultor. Aquello fue leído, pero no respondió siquiera lamentándose por haber dejado en el tintero citada imagen. ¿Lamentarse? ¡Qué va! Ni un «disculpe usted».
Las redes sociales no solo han traído un nuevo modelo de censura. Sobre los medios cofradieros se ha escrito una barbaridad, que dirían los exagerados. Y a uno le viene a la cabeza aquella columna donde cada semana se examinaba a un medio de la prensa morada y se hacía un análisis de sus contenidos. Quedó en el pasado. La columna podía leerse en una revista en papel que acabó desapareciendo. Cerró la empresa y quedaron cuatro trabajadores aproximadamente. Y luego se centraron en información cofradiera y ofrecían una especie de revoltijo donde uno no podía ni conocer qué género estaba ofreciendo.
Pero vayamos al presente. Las redes pueden censurar o crear una corriente lo bastante fuerte como para poner en marcha un engranaje que pueda fagocitar lo indeseable. ¿No han caído en la cuenta de que este pasado verano una marea morada inundó un conocido foro de internet que apuesta por no leer, no comentar, no compartir y no dar ni un solo me gusta a una de las columnas de opinión más conocidas de los últimos tiempos? ¿Están viendo su caída en audiencia? ¿No han visto el escaso eco que tiene en redes sociales? Pues investiguen, porque quienes están detrás son muy conocidos por todos ustedes. Y no, esta vez no acabarían sorprendiéndose.
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