El capirote | Los regalos del pasado

Tantos y tan terribles han sido los acontecimientos por los que han atravesado las hermandades que algunas acabaron hasta desapareciendo. Siglos de esplendor enterrados tras desamortizaciones, guerras o invasiones. Nada escapa al mundo de las cofradías que, nacidas en el seno de la sociedad, han visto cómo los siglos han pasado por encima de ellas dejando también su huella.

Algunas perdieron enseres, documentos e incluso sus imágenes titulares. Por eso, cuando se reescribe la historia con la recuperación de parte del patrimonio que se creía perdido, nos lleva a preguntarnos si no habrá en alguna casa guardada otra saya, reliquia o documento importante que las hermandades acabaron dando por desaparecido tras disturbios como la invasión francesa o la guerra civil.

Esta semana conocíamos la recuperación de una saya de la Virgen del Valle que era devuelta tras estar en posesión de terceros durante décadas. La corporación penitencial solo tenía conocimiento a través de un grabado realizado en 1830 por Manuel Albuerne. Tras la obra textil, la mano de Antonia Bazo, a quien se le atribuye, entre otras joyas, el conjunto de manto y saya de la abundancia de la Virgen del Monte de Cazalla de la Sierra o el simpecado del Rosario de la Macarena, cuya atribución quedó reflejada tras los estudios realizados durante la restauración del mismo.

Meses atrás conocíamos que una túnica que desapareció del Nazareno de Morón fue adquirida por la Esperanza de Triana, en una polémica que todavía continúa su andadura, aunque los medios hayan preferido guardar silencio. Ahora cabe preguntarse si no sería lo más recomendable, que las piezas que duermen en cajones, cómodas y armarios regresaran a sus respectivos dueños. Porque toda esta serie de acontecimientos sugieren que todavía obran en poder de los hermanos enseres que son propiedad de las hermandades.

No hace mucho, en casa de los hermanos se guardaban mantos, sayas e incluso imágenes. La escasa seguridad de las casas hermandad (donde no vivía nadie), la imposibilidad de poder contar con una de ellas, provocaba que este patrimonio acabara desperdigándose entre las viviendas de los hermanos. Eran además tiempos convulsos, donde uno dormía pensando en si al amanecer el templo vecino iba a acabar expoliado o, en el peor de los casos, preso del fuego. Pero ahora ha cambiado aquella España que ahora sigue siendo la misma, pero con mayores medidas de seguridad.

Por eso, sería más que de justicia, devolver lo que no nos pertenece. Que acabe recalando en el lugar del que nunca debió salir y que estén presentes entre objetos y joyas de sus sagrados titulares.