El capirote | Más allá del ataque al nazareno

Es curioso leer cómo se intenta herir el corazón mismo de la Semana Santa, la figura indispensable de la celebración por antonomasia de la ciudad. Culpar al nazareno es elegir el camino más corto para no apuntar a otros problemas que acechan a nuestra semana mayor.

Una urdimbre que se viene tejiendo desde hace meses con la finalidad de complacer a otros poderes ante los que, quienes son oídos, se repliegan para no perder la última noticia que les puede hacer ganar prestigio en medio de un mundo que se tambalea. Porque los medios de comunicación hace tiempo que dejaron de ser precisamente formadores de la opinión pública.

Ahora resulta que es el nazareno es el peor mal que tenemos encima. Escribimos líneas afirmando que es un tema que está en diversas tertulias o que es trending topic en la feria es hacer uso de unas herramientas ya desfasadas. Pero las utilizaremos para ver si así sembramos una semilla que germine cuando estemos en la barra del bar. Qué casualidad, para mí el tema que más escuché en la feria era el de un periodista y pregonero al que la Audiencia Nacional había confirmado el uso de un entramado empresarial para dejar de tributar un par de millones. Pero quizá no interesa que esto se aborde porque aquí, como en todos sitios, si tienes palmeros, ellos se encargan de mimarte.

La Semana Santa necesita de tal revisión que el componente que menos daño hace es el nazareno. Son incapaces todos estos periodistas de abordar cómo una celebración que ha crecido enormemente no cuenta con otras opciones para utilizar otras vías de acceso al centro, como pudiera ser el paseo Colón o la plaza Nueva. Mejor no toquemos el Ayuntamiento ni al Consejo de Hermandades y Cofradías porque nos quedamos sin primicias. No abordemos la gestión del actual presidente, ni nos enfrasquemos en debates descifrando qué prometió el señor Vélez y qué ha hecho a día de hoy. Tampoco tratemos el adelanto de la carrera oficial, las jornadas inamovibles. NI mucho menos la inacción que provoca que hermandades como El Amor, El Museo o Santa Cruz pasen a las tantas por una carrera oficial semivacía.

Sigamos culpando al nazareno, impongamos el numerus clausus por el que tanto claman algunos. Aprovechémonos de que es anónimo para cargarle culpas que no le pertenecen. A quienes tienen nombres y apellidos, y sobre todo poder, no mencionemos. Después veremos que no era la solución, porque bien saben toda esta caterva que de los males que acontecen es el nazareno por el que menos hay que empezar.