Desde hace unos años vengo observando que estamos frente a una población, en términos generales, tiene bastante tiempo libre. Hubo una época en la que el ocio escaseaba. Uno andaba de allí para acá y terminaba en casa exhausto, con meterse en la cama como la última acción del día. Por no hablar de las madres, que terminaban con la casa a cuestas ni el sueño les resultaba reparador.
Antes, al llegar a casa, esperaba la cocina con sus ollas, el lavadero con su ropa sin tender o la biblioteca con cientos de libros por descubrir. Llegó Internet, avanzaron las tecnologías y no he visto las casas tan sucias como ahora. Tiene que ser un reflejo de lo que algunas personas tienen en sus cabezas, en las que parece anidar algún tipo de desorden mental que no es más que una estupidez supina con mucha mala baba, algo que llega a ser peor de lo que pensamos.
Hay quien culpa a las redes sociales de ello, pero no, ya éramos malas personas mucho antes de que aparecieran espacios como Twitter o Facebook. Porque la maldad es tan lejana que ya aparece al principio de los tiempos. Solo que con las redes sociales hemos descubierto que hay más de los que en un principio pensábamos. Igual que sucede con los imbéciles.
El artista siempre se ha caracterizado por su libertad a la hora de crear. Sin imposiciones, ha dado rienda suelta a su imaginación y ha dejado huella también de su vida. De la misma manera que un escritor describe la impronta de un amigo en su última novela o un imaginero toma las características físicas de su padre para un nuevo San José, así el pintor refleja parte de su existencia. Fernando Vaquero lo ha hecho con el cartel anunciador de la Cabalgata de Reyes Magos de 2026. Vaquero, que es un pintor que nos deja una estela de obras de esas que nos produce pellizco, ilustra en la obra la ilusión de una mañana radiante. Y una camiseta del Betis aparece como un recuerdo del autor cuando era pequeño.
Cuando se descubre la obra aparece toda esa morralla de hooligans, para darle hasta en el cielo de la boca. No se trata de una crítica positiva o negativa, sino de desprestigiar, insultar, humillar e incluso amenazar al artista. La composición no es más que reflejo de la realidad, una visión personal de Vaquero, como lo son los carteles de Semana Santa o los de las Fiestas de la Primavera. ¿Acaso no tiene derecho a la libertad creativa? La obra es autenticidad, ¿desde cuándo una composición tiene que complacer a todo el público?
Sevilla se ha convertido en epicentro de un clima irrespirable cuando se trata de revelar un cartel, una nueva imagen. En definitiva, lo palpamos cuando hablamos de arte. El cartel de la Macarena de Gordillo o el de la pasada Semana Santa como muestra. Llegados a este punto ¿vamos a manifestarnos en la puerta del Maestranza porque los pregoneros no se refieren a nuestras Vírgenes? ¿Queremos realmente obras que no respeten el yo más verdadero de quién las crea?
Expresar una opinión con fundamento ha dejado paso a la miseria humana. A destruir por el simple hecho de que no esté representado lo que pretendemos. No dialogamos, embestimos. No consideramos que hay detrás una familia, unos seres queridos. Hay quienes tienen la casa sucia, pero al menos son buenas personas. Otros, ni hogar ni mente. A ver si se ponen manos a la obra y dejan a los artistas en paz, que tenemos muchos y muy buenos.
Enhorabuena, Fernando, por ser fiel a ti mismo.






