El capirote | Roldán en el Bellas Artes

La muestra que acoge el Museo por antonomasia de la ciudad es una de las grandes citas de este otoño-invierno. Estará abierta hasta el mes de marzo, el mismo en el que tendremos Semana Santa. Temprana y sin el cambio de horario, en la que será la primera tras el conteo llevado a cabo hace escasos meses.

Escasa, por no decir nula, es también la producción escultórica que se encuentra en las hermandades y que brilla por su ausencia en la muestra que se expone con motivo del 400 aniversario del nacimiento del genial escultor. Porque aquí somos más de dejar las imágenes titulares en los templos, en vez de llevarlas a exposiciones antológicas donde pueda conocerse mejor la personalidad artística del escultor.

Aquello de imaginarnos a un titular en un museo es cuanto menos un sacrilegio. Al menos desde Despeñaperros hacia abajo. Por eso las exposiciones que aquí se organizan siempre estarán sesgadas y un paso por detrás de las que se organicen en el resto de España. ¿Imaginan lo que hubiera sido ver la evolución de Montañés con el Cristo de los Cálices, el de los Desamparados y el Nazareno de Pasión? Llevar a cabo una muestra que tenga en el centro a un imaginero cuya parte de la producción está en manos de las hermandades es siempre un difícil reto. Por eso Andalucía siempre adolecerá de ese signo distintivo que, por más que lo afirmemos, no nos hará superiores.   

Las imágenes que no forman parte del patrimonio de ninguna hermandad son las que salvan precisamente «Pedro Roldán, escultor (1624-1699)», que es una tónica dominante, como venimos afirmando, desde que uno llega al sur de España. Aunque eso sí, más vale esperar para visitarla, porque en estos primeros días es asfixiante el público que está asistiendo. Apenas puede uno caminar holgadamente entre las esculturas y, quien ya conoce la pinacoteca, se va directamente a la muestra. Por no hablar de un cortinaje blanco que la circunda. Colocado para no distraer la atención del visitante. Claro, si el museo tuviera espacio se habrían retirado los lienzos del fondo, pero es mejor taparlos… Al menos no tenemos que pasear por tarimas como en la antológica de Montañés, cuyo crujir al caminar ha hecho que se abandone hasta el momento este tipo de iniciativas.

 Dejando las cortinas aparte, que ya podrían haber pasado por un lifting para evitar sus arrugas, es innegable la calidad de las piezas expuestas. Llegan desde Écija, Montilla, Antequera, Valladolid… En el centro, el Cristo del Perdón, de Medina Sidonia, una de las grandes joyas. Admirar la espalda del Varón de Dolores del Pozo Santo, la crudeza de las heridas del Cristo de la Caridad o la delicadeza de la Virgen Niña con Santa Ana son otros de los ejemplos que sepultan a Roldán al olimpo de los grandes escultores de España.