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El Capirote, Málaga, Opinión

El cartel

Cuando se presentó el cartel de José Antonio Jiménez Muñoz para Málaga las redes sociales convirtieron este acto en trending topic nacional. Y cuando la dolorosa sale desde Santo Domingo y cruza el puente uno puede apreciar el gran grafiti que otea la ciudad desde uno de los bloques de pisos que se encuentran al otro lado del puente. Y en el centro están las composiciones de Invader y otros grafitis que siguen presentes.

Se llevan las manos a la cabeza. No piensan que el cartel anunciador tenga que ser el que pronto aparecerá tras los cristales de los comercios. Málaga, una de las ciudades más cosmopolitas del sur de Europa y que, con el Museo Picasso, Museo Ruso o el Pompiduo es una de los ejes culturales del vanguardismo, parece no sentir suyo un cartel hecho para una celebración con varios siglos a sus espaldas. O al menos es lo que se respira. Por suerte, no todos piensan así.

No voy a negar al grupo de alfeñiques que el otro día me comentaban que no les gustaba la composición. Porque puede no gustar, o incluso desagradar, pero si tuviéramos que escoger una ciudad que tuviese ese cartel, hoy en día, no podría ser otra que Málaga. Aunque el área más reaccionaria no lo considere así y lance sus críticas hacia esta obra. Simbolizar la unión de la tradición y la modernidad ha sido el fallo que ha cometido el autor. Porque casar una fiesta tan nuestra con la vanguardia es harto difícil si a quienes se tiene enfrente piensan que un gran cartel tiene que ofrecer el tópico de la catedral en penumbra o la imagen más representativa. Pocos han caído en la cuenta del atrevimiento o de cómo tan solo con el perfil de una dolorosa y las palabras Semana Santa –a veces menos es más– se ha conseguido que pocos cofrades no sepan ya que se trata de Málaga y su cartel anunciador. Porque las redes sociales demuestran ser la herramienta más eficaz de márquetin que existe hoy en día.

En contra también están los que opinan que una pared con un grafiti no representa la ciudad. Y se llevarían las manos a la cabeza si apareciese el Puente de la Esperanza, a lo lejos, con los matorrales y el botellón, como sucede prácticamente a cualquier época del año, también en Semana Santa. Y parece que no forma parte de la tradición, pero miren la ley seca impuesta en Sevilla que ya parece quedar en el olvido este año. Y si me apuran, ¿conocen alguna cofradía que no se cruce con un carrito o un puesto con globos? ¿Qué sucedería si en un cartel se representase una calle llena de cáscaras de pipas, un señor o señora no dejando pasar al otro o los grupos que se cruzan entre las bandas, acólitos o cortejos?

Idealizar la Semana Santa es lo que esperaban algunos que se mostrase. Porque acostumbrados a ensalzar lo propio uno quiere ver un gran cartel donde todo se represente creando un marco perfecto. Y el resultado no ha sido tal. El artista ha ofrecido el perfil de la Virgen de los Dolores pasando frente a una pared. Y no una gran cantidad de elementos que parezcan un plato combinado o un cómic para contentar a los amantes de las curiosidades y los detalles. Nadie puede negar que es directo y que el artista ha huido de las representaciones que mitifican la fiesta, una celebración que, “gracias” al comportamiento del público ofrece estampas que, a pesar de todo, existen. Llegados a este punto, ¿han notado que este cartel no se parece a ninguno hecho con anterioridad?

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