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Costal, El Capirote, Opinión, Sevilla

El Cielo de Rafael Díaz Palacios

El pasado jueves nos dejó el capataz, Rafael Díaz Palacios. Podríamos decir de él muchos adjetivos, todos buenos, pero ninguno mejor que el de capataz. Hoy me gustaría recordar un momento de aquellos que marcan para siempre. Ocurrió hace ocho años en la puerta del Convento de las Hermanas de la Cruz de Sevilla. Hacía solo un año que Rafael acaba de dejar el martillo y arrancó su corazón para entregárselo a las monjas. Aquel día, el Coronel Palacios supo cómo era el Cielo.

Se acercaba por Alcázares la Virgen de Gracia y Amparo bajo la luz de la luna y su candelería completamente encendida. Sonaba Cristo de las Almas mientras tres toques secos rompían las miradas de la gente hacia la Virgen. Ahora se dirigían hacia la puerta del Convento que habría sus dos hojas para que las monjas se presentasen a la Virgen. Sevilla regalaba en ese momento un cuadro único, la Virgen de Gracia y Amparo a punto de revirar y las monjas llenas de una mirada inefable.

Todos sentían la divinidad del ambiente. El diálogo perfecto de las Hermanas de la Cruz con la mirada al cielo para cantar a la Virgen y Ella respondiéndole con su mirada baja como si la estuviera escuchando y mostrando emocionada cinco lágrimas que ahora eran menos dolorosas.

Para muchos había pasado desapercibido un hombre que estaba bajo el dintel. Terno negro y cabello níveo. La cabeza baja, sin atreverse a mirar a la Virgen por pudor a emocionarse. Cuando las hermanas terminan de cantar, llama al capataz, su nieto, para que se ponga en la delantera del paso junto a él. Este hombre ya sabéis quién es, Rafael Díaz Palacios, capataz de Sevilla.

El maestro da dos golpes de martillo y le habla a sus costaleros, “como bien sabéis este año es muy especial para mí por mi retirada del martillo. Me habéis hecho reír, me habéis hecho llorar, me habéis hecho disfrutar. Pero estaba loco por llegar aquí, a estas puertas del cielo, como yo le digo. Cuando se llega aquí, esto es inaguantable, yo estoy harto de repetirlo pero no puedo con mi alma ya. Lo único que pido a Dios es que como dije el año pasado, a mi cuadrilla de costaleras porque son costaleras, como la veis aquí con su costal, su cinturón en la cintura y sus alpargatitas de esparto con las que recorren Sevilla para cuidar a los enfermos, para pedir para hacer obras de caridad, es que esto es lo más grande que nos ha enviado Dios aquí”.

“Hoy quisiera recordar un detalle que pasó un año aquí con mi gran amigo y gran capataz Manolo Santiago, que le dijo a las monjitas que no movía el paso de aquí si no le cantaban otra coplita. Pues yo hoy quiero decirle lo mismo por si el año que viene no vengo, que nos canten otra coplita, sino no, no me muevo”. Las Hermanas de la Cruz empezaban a cantar con más emoción. A Rafael Díaz Palacios se le empezaron a resbalar las lágrimas que le salían desde lo más adentro de sus entrañas. Y su nieto, tímido ante tal dulce momento, parecía que estaba a punto de estremecerse.

“Después de esto a ver si no es para pedir un sillón y quedarse aquí con ellas. Después de ver esto es como haber ido al Parque de María Luisa, tal cual, encontrarte esta rosaleda que hay aquí. Porque esto son rosas, esto es un perfume que te embriaga, te quiere, hay que adorarlas por fuerza”. En ese instante, algunas hermanas mostraban una tímida sonrisa que recorría una cara completamente llena de felicidad. Seguía Rafael con su letanía poética de piropos a las monjas “quién es capaz de pintar, bordar o crear esta estampa. Yo lo único que siento de verdad, perdonarme hermanas mías, es que estéis de rodillas mientras yo estoy hablando. De verdad, perdonarme, pero mi Gracia y Amparo, que está aquí os quiere tanto como yo os quiero”.

Ahora se dirigía a su nieto y le dice “enamórate de ellas que merece la pena”. Vuelve a golpear el llamador y sus costaleros le piden que esté delante hasta la entrada. “Duende miarma, vámonos al cielo con Ella, tos por igual valientes, a esta es”. Se levanta fuerte el palio de Gracia y Amparo. Suena ‘En Tu Gracia está mi Amparo’. Toda la calle estaba emocionada, muchas lágrimas entre los presentes y Santa Ángela proveía un escalofrío sobrenatural. Esto son los momentos por los que tiene peso la Semana Santa, por el que sacar a la Virgen a la calle tiene sentido. Sólo os has leído lo que pasó. Imagínate si lo hubieses vivido.

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