El Cristo de la Misericordia de Santa Isabel no participará en la exposición dedicada a Juan de Mesa en el Museo de Bellas Artes

Las religiosas filipenses rechazan la cesión de una de las obras más singulares del escultor cordobés

El Cristo de la Misericordia de Santa Isabel finalmente no formará parte de la exposición dedicada a Juan de Mesa y Velasco que se celebrará en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, después de que las religiosas filipenses responsables de la custodia de la imagen hayan rechazado la petición para la cesión temporal de la talla, una decisión de enorme relevancia patrimonial, notable impacto cultural, evidente trascendencia dentro del panorama artístico sevillano y significativa repercusión en los ámbitos históricos, devocionales y museísticos de la ciudad.

La decisión afecta a una de las obras más singulares, relevantes, excepcionales, emblemáticas y estudiadas de toda la producción escultórica del imaginero cordobés, ya que el crucificado de Santa Isabel está considerado una de las tres representaciones de Cristo vivo realizadas por Juan de Mesa, además de poseer una enorme trascendencia histórica, devocional, iconográfica, patrimonial y artística dentro de la historiografía sevillana y del estudio de la escultura barroca andaluza.

Una imagen entregada hace más de cuatro siglos

La obra fue entregada en el año 1623 a la comunidad mercedaria del convento de San José, aunque el encargo había sido realizado un año antes, en 1622, por el mercedario fray Domingo de los Santos, quedando así vinculada desde sus orígenes al ámbito conventual, religioso, espiritual, monástico y devocional sevillano.

Tras la desaparición del convento a raíz de la Desamortización, la imagen pasó definitivamente a la iglesia del Convento de Santa Isabel, donde actualmente recibe culto y veneración en un templo restaurado recientemente y profundamente ligado a la vida espiritual, devocional, litúrgica y cotidiana de la comunidad filipense.

El crucificado posee además la particularidad de haber sido la primera imagen relacionada de manera directa con la gubia de Juan de Mesa por parte de la historiografía artística. Tal y como recogía el informe histórico-artístico elaborado por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico en 1999 con motivo de la restauración de la talla, fue José Bermejo quien atribuyó la obra al escultor en el año 1882, atribución posteriormente confirmada gracias al hallazgo documental realizado por Celestino López Martínez en el Archivo de Protocolos, circunstancia de enorme valor documental, académico e historiográfico.

El hallazgo documental que confirmó definitivamente la autoría

Durante la restauración acometida por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, los especialistas localizaron en el interior de la imagen un documento oculto dentro de una pequeña bolsa de papel, hallazgo de enorme importancia histórica, extraordinario valor documental, enorme interés científico y decisiva trascendencia para confirmar tanto la autoría de Juan de Mesa como el encargo original de la talla.

Aquella intervención permitió además constatar que la imagen había sufrido diversas modificaciones, alteraciones, transformaciones y adaptaciones a lo largo de su historia. La más significativa consistió en la transformación de un Cristo muerto, tal y como fue concebido inicialmente por Mesa, en un Cristo vivo, adaptación destinada a favorecer un diálogo más directo con los fieles y potenciar la dimensión devocional, emocional, espiritual, catequética y simbólica de la obra.

La alteración más importante se produjo en el costado derecho de la imagen, donde originalmente existía la llaga propia de un Cristo ya fallecido. Durante la transformación se cerró dicha herida mediante la incorporación de una pieza de madera cuya policromía coincide plenamente con el resto de la talla, circunstancia que llevó a los investigadores a considerar que la modificación habría sido realizada por el propio Juan de Mesa, extremo de enorme interés artístico, histórico y técnico.

Los estudios técnicos señalaron igualmente que el reguero de sangre de la imagen fue repintado posteriormente, aunque conservando una estética muy similar a la del Cristo de la Misericordia de la Colegiata de Osuna, otra destacada obra ejecutada por el escultor en el año 1623 y considerada igualmente una de las grandes referencias de la escultura barroca, procesional, religiosa, devocional y artística andaluza.

La extraordinaria anomalía escultórica de la imagen

Para convertir la talla en un Cristo vivo, el escultor también tuvo que modificar los párpados originalmente cerrados. Los estudios realizados explican así las señales horizontales visibles en los ojos, vestigios de la posición primitiva de los párpados antes de la transformación definitiva de la imagen y prueba evidente del complejo proceso de adaptación escultórica, técnica y conceptual llevado a cabo sobre la obra.

A ello se suma además la supresión, en fecha desconocida, de la corona de espinas tallada originalmente sobre la misma cabeza, una característica habitual en las obras de Juan de Mesa. Esta eliminación provocó mutilaciones visibles en el cabello del lado derecho y parcialmente también en el izquierdo, alterando algunos elementos del planteamiento escultórico original concebido por el imaginero y modificando parcialmente la lectura iconográfica, formal y estética de la talla.

La policromía conservada en la talla continúa siendo, según los análisis efectuados, la original realizada por el taller del escultor y destaca por estar ejecutada con una enorme perfección, sutileza técnica, refinamiento artístico, extraordinaria calidad pictórica y notable riqueza cromática.

El catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla, Andrés Luque Teruel, subraya precisamente la singularidad anatómica, conceptual, expresiva y escultórica de la obra, señalando que Juan de Mesa ejecutó inicialmente un Cristo muerto que posteriormente transformó en uno vivo. Esa circunstancia genera una anomalía extraordinariamente inusual: la imagen posee la anatomía de alguien fallecido desde hace horas, aunque al aproximarse el espectador percibe inequívocamente que permanece con vida, una dualidad de enorme potencia emocional, visual, simbólica y devocional.

Un Crucificado ligado desde el siglo XIX a Santa Isabel

La ubicación original de la imagen fue la iglesia del antiguo convento de San José, situado en la collación de San Nicolás. Los estudios históricos no permiten determinar con exactitud cuál era su emplazamiento concreto dentro de aquel cenobio, aunque sí consta que a comienzos del siglo XIX permanecía colocado bajo la escalera conventual, formando parte del ámbito religioso, cotidiano y espiritual de la comunidad mercedaria.

La talla permaneció allí hasta el año 1869, coincidiendo con el contexto de la Revolución Gloriosa, uno de los episodios más devastadores para el patrimonio religioso, artístico, cultural y monumental sevillano. Fue entonces cuando las religiosas filipenses Hijas de María Dolorosa, instaladas desde 1860 en el convento de San José, trasladaron el crucificado a la iglesia de Santa Isabel.

En este nuevo emplazamiento, el Cristo fue situado en un retablo realizado entre 1610 y 1614 por Juan Martínez Montañés para albergar un cuadro del Juicio Final pintado por Francisco Pacheco, obra desaparecida tras la Desamortización y considerada una de las pérdidas patrimoniales más significativas, dolorosas y trascendentales de aquel periodo histórico para el patrimonio artístico, religioso y cultural sevillano.