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Córdoba, El Rincón de la Memoria

El Cristo del Amor y la desaparecida Cofradía del Crucifijo

Si en anteriores publicaciones de Gente de Paz ya hablábamos de una serie de desaparecidas y olvidadas cofradías – algunas de las que se recuperaron sus titulares para fundar nuevas hermandades, como en el caso del Santísimo Cristo de la Expiración y otras cuyas imágenes sufrieron las consecuencias que a veces acarrea la historia, tal y como sucediese a las de la Hermandad de Pasión de Campo Madre de Dios – no podíamos dejar de mencionar entre esas extinguidas corporaciones a la del Santo Crucifijo.

Aunque se sabe que en sus orígenes dicha cofradía asistencial nació de la unión de dos hermandades distintas, el paso del tiempo la condujo a evolucionar hasta el punto de modificar sus reglas para convertirse finalmente en una corporación de carácter penitencial. Este significativo hecho se produjo precisamente en el mismo año en que quedaban aprobadas las constituciones de una hermandad de tanto arraigo como la de Jesús Nazareno.

Como muchos sabrán, a pesar de que la Cofradía del Santo Crucifijo se había establecido en el hospital del mismo nombre, las fiestas y los pertinentes actos religiosos tomaban como escenario la cercana Parroquia de Santa María Magdalena. Así y todo, se tiene constancia de que en la sede que era para la corporación el mencionado hospital existía una capilla con dos altares en los que era posible celebrar las misas.

Por otra parte y retomando el tema de la reforma estatutaria, no fue hasta la fecha del 27 de septiembre de 1579 cuando los miembros de la hermandad se citan en un cabildo con el prioste de estos a la cabeza en la que quedó aprobado por unanimidad cambiar las reglas de la cofradía incorporando además dos nuevos capítulos. Una de esas alteraciones se enfocaba principalmente en las fiestas religiosas que habrían de llevarse a cabo de forma anual y otra afectaba, como cabía esperar, a la procesión de disciplinantes a realizar durante la Semana Santa.

El cambio de los estatutos de la Hermandad del Santo Crucifijo entraría en vigor el 4 de noviembre de 1580 previo visto bueno del prelado de la diócesis, representado por la figura del licenciado Francisco Velarde de la Concha, quien por aquel entonces ejercicio el cargo de provisor general del Obispado.

Así, el Domingo de Ramos comenzó a adquirir una especial relevancia, pues en este día se había concertado un cabildo general cuyo principal objetivo se centraba en la organización de la procesión prevista para el Jueves Santo, de cuyo cortejo se alzaba como indiscutible protagonista la imagen de un crucificado de gran devoción popular. Asimismo, la Cofradía del Santo Crucifijo contaba también con una querida talla de Santa María Magdalena que, al parecer, era obra del escultor Martín de la Torre, tal y como afirman las cuentas recogidas por el hermano mayor en el mes de febrero de 1573.

Los documentos de la época, por su parte, atestiguan que la corporación estaba integrada fundamentalmente por albañiles y carpinteros sin dejar de lado, por supuesto, otro llamativo porcentaje que quedaba conformado por familias de la alta aristocracia cordobesa. A este respecto, es importante destacar la figura del Vizconde de la Puebla de los Infantes, de quien se conoce que era miembro de la cofradía ya hacia finales del siglo XVII y que más tarde, en 1742, se habría convertido en el Conde de Priego.

En lo relativo al patrimonio del que gozaba la hermandad, los testimonios de la época concluyen sin atisbo de duda que los bienes de esta formaban parte de su historia, puesto que ya se hallaban en su poder antes de constituirse como cofradía penitencial. Entre dichas posesiones sobresalía la suma de tres casas cuyas rentas alcanzaban la cifra de 12.903 maravedíes allá por el año 1633. No obstante, y al igual que ocurriera en la gran mayoría de los casos, los ingresos de la corporación provenían principalmente de las limosnas y las pechas de los propios hermanos de la cofradía, sin olvidar como era natural, los beneficios de los cepos así como las ganancias obtenidas como resultado de la labor de los pedidores en la jornada del Jueves Santo. Indudablemente curioso podrían resultar hoy en día la suma aportada como consecuencia de los derechos de los exámenes para conseguir el título de carpintero y de las pujas llevadas a cabo con el fin de sacar los pasos.

En esa estación de penitencia realizada en el tradicional Jueves Santo, se lucen piezas patrimoniales de tipo barroco que se irían incorporando al desfile a lo largo del siglo XVII y comienzos del XVIII. En él, llamaba poderosamente la atención la trompeta con la que se iniciaba el cortejo, la cual producía un sonido tan largo como lúgubre y que figuraba en las cuentas de la cofradía del año 1707. Según declaraciones de este período, se sabe que los gastos de la salida supusieron, entre otros, “seis reales que di al tronpeta” además de otras cantidades que “se dieron por uía de agasajo a los soldados” que igualmente integraban la comitiva.

Tal y como se ha repetido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, uno de los propósitos más reseñables del movimiento barroco pasaba por la función didáctica y pedagógica en materia religiosa que centraba sus esfuerzos en aleccionar al pueblo llano. Para ello, se llevaban a término distintas representaciones de la Pasión de Cristo amén de sermones con los que instruir a la población. Además, y de forma similar a como aun hoy en día se sigue haciendo en diferentes puntos de nuestra geografía, participaba en las procesiones un buen número de personas cubiertas con los rostros de los discípulos, los santos varones, los cuatro evangelistas, ángeles y otras figuras representativas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

De conformidad con lo anterior, la Cofradía del Santo Crucifijo se caracterizaba por esta práctica hasta consagrarse como la corporación que más personajes de ambos testamentos incluía en su procesión del Jueves Santo, destacando entre los pasajes representados el sacrificio de Isaac y otras escenas de la Pasión como la sentencia dictada por Poncio Pilatos y el juego a suertes de la túnica de Jesús. Así, en el año 1703, la documentación de la hermandad relataba lo siguiente:

Asimismo doi por discargo de azer cuatro rostros para los ebanjelistas diez y nuebe reales.

Más ziento y treinta y seis reales que se les dio a los que izieron la sentencia de Pilatos, Longinos, Abrajan y jugaron la túnica.

De modo semejante, las cuentas correspondientes al año anterior de 1702 contaban que:

Yten en nuebe de agosto recibí del muñidor de la limosna que dan los ermanos que azen el paso de los apóstoles veinte y cuatro reales.

La Hermandad del Santo Crucifijo llegó incluso a encabezar la lista de cofradías penitenciales que se ponía en la calle con un mayor número de pasos en su desfile, contando con un total de nueve: la Santa Cruz, Jesús Preso, Jesús Nazareno, Santo Cristo, San Juan, Santa María Magdalena, la Verónica, San José y Nuestra Señora del Traspaso. Como es lógico, unas imágenes cuentan con más o menos devoción por parte de los vecinos y fieles en definitiva, un hecho que queda claramente reflejado en las limosnas otorgadas en las subastas anuales para sacar los pasos. Como prueba de ellos, se ha conservado hasta nuestros días la información suficiente para conocer que las aportaciones realizadas el Jueves Santo de 1703 dieron como fruto 24 reales para la Santa Cruz; 60 para Jesús Preso; 80 para Jesús Nazareno; 60 para el Santo Cristo; 20 para San Juan, Santa María Magdalena y la Verónica respectivamente; 60 para San José y otros 60 para Nuestra Señora del Traspaso.

Aunque las normas de la Cofradía del Santo Crucifijo no parecían concretar ni la hora de comienzo ni el recorrido a seguir por la procesión, sí estipulaban la necesidad de evitar coincidir con otras hermandades del Jueves Santo. Aun así, lo cierto es que se produjo una serie de problemas con la Hermandad de la Vera Cruz que finalmente quedaron resueltos mediante la firma de un pacto.

Al patrimonio de la corporación, se suma también entonces una “artística” cruz de guía descrita de la siguiente forma en los inventarios de la desaparecida hermandad:

Una crus guiona frisada con perfiles i remates dorados y los frisos de verde y el inrri y tres clabos y su banda con peana y parigüelas.

La imagen titular – cuya escenografía ha sido comentada en incluso conocida en el presente – representaba a Cristo crucificado entre los dos ladrones, imágenes todas ellas portadas sobre unas lucidas andas talladas y doradas con cuatro ángeles en las esquinas y conducidas en procesión hasta la Catedral. Cabe destacar, además, la integración de un palio de tafetán negro con flecos dorados y un pendón, también de tafetán negro y un estandarte con un San José y el Santo Cristo bordados en él.

En lo relativo a los festejos religiosos que contemplaban las modificaciones mencionadas al principio de este artículo, las normas condicionaban a los hermanos de la corporación a celebrar anualmente las fiestas de la Invención y Exaltación de la Cruz, San José y Natividad de Nuestra Señora.

No es hasta la década de 1740 cuando la cofradía comienza a dar evidencias de crisis y decadencia, reflejándose sobre todo en su llamativa ausencia en la jornada del Jueves Santo de los años 1744 y 1745, debido a la falta de recursos. La información recopilada afirma que entre abril de 1746 y marzo de 1751, la Hermandad del Santo Crucifijo tan solo realiza su estación de penitencia en una única ocasión, procesión que pudo llevarse a la práctica gracias a las aportaciones hechas por el Conde de Priego y las limosnas recaudadas por un devoto en un cepo:

Asimismo se cargan doscientos y ochenta reales de vellón que se han recogido de algunos particulares como son nuestro patrono el Excmo. señor conde de Pliego y el hermano Diego de los Reies que, movido de su mucha devoción y gran fervor, se ha hecho cargo de poner en su casa un cepo para ir recogiendo algunas limosnas que con su celo recaba.

Bajo estas críticas circunstancias, la corporación se adentra en una década de los 50 del siglo XVIII en la que tan solo puede realizar su estación de penitencia en el Jueves Santo de los años 1757 y 1759, viendo frustrada asimismo la ocasión correspondiente a 1758 por culpa de la lluvia. Las procesiones del 57 y el 59 supusieron un enorme esfuerzo que encontró un inestimable apoyo en las donaciones de los devotos:

Assí mismo pareze que esta cofradía quando tiene posibilidad y con su acuerdo y lizencia del señor Provisor desde Obispado celebra prozesión el Juebes santo por la tarde y por las calles acostumbradas a la Santa Yglesia desta zuidad con las ymáhenes de su instituto.

Ese período de postración sigue haciéndose notar ya entrado el siglo XIX, aunque, a pesar de todo, el informe fechado en 1819 confirma que la estación de penitencia pudo llevarse a cabo, saliendo a las tres de la tarde desde la Ermita de San José en la característica plaza de la Magdalena. Por entonces, la cofradía sacaba ya tan solo cinco pasos: los de la Magdalena, la Verónica, Nuestro Padre Jesús Nazareno, el Santo Crucifijo y Nuestra Señora del Mayor Dolor, anteriormente conocida como del Traspaso. Los pertinentes pasos contaban, como no podía ser de otra forma con el acompañamiento de los hermanos, quienes lucían túnicas de holandilla morada con un cordón dorado de pita o cáñamo.

Como otras tantas, la Cofradía del Santo Crucifijo sufrió su definitivo revés con la entrada en vigor del impopular reglamento publicado por Pedro Antonio de Revilla aunque el querido crucificado siguió siendo objeto de la devoción popular cordobesa, por ese motivo, la venerada imagen participaría de forma extraordinaria en la procesión oficial del Santo Entierro del año 1885, ocasión en la que contó con la compañía del Círculo Católico de Obreros.

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