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El Capirote, Opinión, Sevilla

El cura de Santiago

La ciudad de Écija cuenta en su haber con un rico patrimonio a pesar de que el turista es conocedor solo de una parte del mismo. Gran parte de los palacios permanecen cerrados al público, abandonados a merced de las inclemencias meteorológicas y la carcoma. Uno de los grandes templos, declarado Bien de Interés Cultural es la iglesia de Santiago el Mayor, visitable gracias al extenso horario de apertura.

Se trata de un templo de grandes dimensiones, sede canónica de la hermandad de los Estudiantes, que cada Martes Santo concentra a un numeroso público en las inmediaciones de la plaza que la precede. Allí, bajo un sol sofocante, decidimos hacer un descanso en la jornada maratoniana para visitar este templo, en medio de una confusión tal ante los horarios ofrecidos por la oficina de turismo, los cuales datan de 2016.

Un estilo mudéjar tras un claustro y joyas en su interior, por lo que merece la pena su visita. Precisamente una de las puertas de la nave del evangelio acoge una interesante muestra de arte, desembocando en una pequeña capilla donde puede apreciarse un retablo en gran parte desconocido por su ubicación. Antes de pasar al interior decidimos esperar en un banco situado en el templo. La cuestión en sí es bastante sencilla: accede una señora con un joven y de repente los gritos del sacerdote llaman nuestra atención.

El retablo de este espacio, al que se accede por un pasillo, acoge en su interior una obra de la Soledad, junto con un conjunto barroco de especial interés según me cuentan, situado en tras una puerta central que da a parar a un área de escasos metros. Tras rodear la mesa del altar, una de estas dos personas decide acceder al interior, pasando bajo esta única puerta. El sacerdote, que salió después, ya desprovisto de sotana, tras la finalización de la misa, vocifera a la señora, que se encuentra disfrutando de esta joya desconocida. La señora sale, ignorando que no se podía acceder a esta pequeñísima habitación. “¿Quién le ha dicho que podía entrar ahí?” espetó el cura. “Espero que no sea el sacristán porque le monto una bronca que se entera”, continuó el sacerdote. “Un señor que estaba sentado, mayor, en ese banco, con gafas”, respondió el joven. “Pues ese no es nadie”, afirmó el cura.

Podría pasar desapercibida esta actitud sino fuera porque los gritos se escuchaban en el claustro, donde se encontraban los feligreses que habían asistido a escuchar misa y que da acceso a la calle a través de la puerta principal. Sorprendidos, nos comentaron después que no habían visto nunca al religioso de este modo. Lo que podría quedar en anécdota escenifica muy bien el modo de actuar de algunos párrocos que, a pesar de ser conscientes de la necesidad de necesitar fondos para mantener el patrimonio y darlo a conocer, espantan a quienes se interesan por conocer la riqueza de nuestro legado.

La señora y el joven abandonaron el lugar, accediendo posteriormente nosotros al espacio. Sorprende no ya solamente la actitud de este señor, sino la inexistencia de un cartel, de un cordón que impidiera el paso, de algún tipo de indicación. Ni una disculpa siquiera ante una actitud fuera de lugar por dos razones. Una por sucederse en el interior de un espacio religioso, otra por ser el pastor quien la realiza. A uno le queda la duda de saber cómo será su comportamiento con los miembros de la hermandad o con los devotos. Luego decimos que la gente se aleja de la Iglesia…

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