Sin llegar a saber que aquel día marcarían el devenir religioso e incluso histórico de la ciudad, el uno de octubre de 1620 la Hermandad del Gran Poder firmó la carta de pago de liquidación a Juan de Mesa y Velasco por la ejecución de la imagen de un Nazareno y de un San Juan Evangelista, que, según documento interno hallado en 1972, se acabó el 31 de agosto de ese año. Ya al año siguiente tuvo lugar la primera salida de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, por aquellos años llamado Nazareno de la Cofradía del Santísimo Poder, y del actual San Juan con la primitiva imagen de la dolorosa. Además de sus indudables valores artísticos e históricos, los valores devocionales han convertido la talla de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder en una imagen universal, una devoción sin la que es difícil conocer a la propia ciudad que a lo largo de los siglos lo ha mantenido como referente de su vida espiritual.
La imagen, que hasta hace pocas décadas era considerada obra de Juan Martínez Montañés, está realizada en madera de cedro, con la peana en pino de segura. Goza de una medida ligeramente superior al natural, distorsionada por el efecto de su posición en virtud de la exaltación del dinamismo y realismo, cuyas múltiples lagunas históricas en el rostro imprimen a la imagen un aspecto doliente, acrecentado con el tiempo, siendo así semejante con el de un ser humano.
Ya en 1920 Adolfo Rodríguez saca a la luz la posibilidad de que la hechura del Señor, así como las esculturas del Cristo de la Conversión y el de la Misericordia del Convento de Santa Isabel, sean obras de Juan de Mesa. En 1930, Heliodoro Sancho Corbacho encuentra el documento de la carta de pago de la obra, conjunta a la ejecución del San Juan, por los que Juan de Mesa recibe 2000 reales de a treinta y cuatro maravedíes cada uno. En el documento se cita la regencia de la hermandad por el entonces mayordomo Pedro Salcedo, constando en el mismo Alonso de Castro como pagador y Alcalde de la Cofradía y pudiendo estar vinculado como policromador, al menos de San Juan, el hermano de la corporación Francisco Fernández de Llexa.
La imagen del Señor del Gran Poder sigue las pautas de imágenes barrocas dictadas por el Concilio de Trento, cuyo fin es acercar a Dios al ser humano para que perciba como suyo el sufrimiento de Cristo. Estas características plasman así un realismo cercano al pueblo. Las imágenes se hacen dinámicas y reales y cercanas, potenciando de este modo la espiritualidad popular. El rostro sereno de la imagen contraste con el dramatismo impreso en una zancada poderosa que lo aturde camino de la muerte, tomada con la resignación con la que amorosamente envuelve con sus manos el madero. También este patetismo se recoge en las heridas del rostro, la singular corona de espinas que simula una serpiente del pecado, la espina que traspasa la ceja y la oreja. Juan de Mesa concibe así un Nazareno dotado de una anatomía perfectamente pensada, capturando el momento más desgarrador del sufrimiento en su andar, contrastado con rostro severo y bondadoso a la vez. Con todo ello, el celebérrimo escultor cordobés plasma la humildad de Jesús, el Gran Poder de Cristo.
Iconográficamente, el tema de Cristo camino del Calvario emana del Evangelio de San Juan, aunque se enriquece con los sinópticos, especialmente con las Actas de Pilato, difundiéndose de la mano de las figuraciones de los franciscanos, de la iconografía medieval y de los autos sacramentales. Está prefigurada en el Antiguo Testamento, fundamentalmente en las referencias al Sacrificio de Isaac, quien cargó con la madera de su sacrificio, pero también en las de la talud cruciforme con la que Aaron marcó las casas de los israelitas, en las manos bendicentes de Jacob a sus nietos o en las ofrendas al profeta Elías. En esta ocasión, el Señor que camina con la cruz al modo clásico —aunque a lo largo de la historia pudiera haberla llevado al revés como cuenta la leyenda del hallazgo de Santa Elena—.
Varias han sido las restauraciones realizadas a la imagen. La única conocida en tiempos pretéritos se remonta a 1776, cuando también se interviene el paso procesional, estando a cargo del escultor Blas Mölner, colocándole nuevas espinas en la corona. Ya en 1977 tiene lugar la desafortunada actuación de Peláez del Espino, donde el Señor va adquiriendo la tez morena actual y se le empieza a llamar popularmente “El Divino Leproso o el Cisquero de San Lorenzo”. Peláez, en una dramática operación hace una nueva estructura interna metálica que está a punto de terminar con la materialidad lignaria corporal de la escultura. Para sanear esas deficiencias, en 1983 los hermanos Raimundo y Joaquín Cruz Solís actúan integralmente en la escultura, exceptuando el rostro, y se recupera la integridad interna de la madera alterada en 1977. En 2006, de nuevo los Hermanos Cruz Solís intervienen sobre la cabeza del Señor, limpiando su policromía ante el progresivo ennegrecimiento la restauradora Isabel Poza. En 2010 y 2012 se le raparan y sustituyen de nuevo las articulaciones de los brazos por Luis Álvarez Duarte y Pedro Manzano Beltrán respectivamente.
Cada Viernes Santo, al amanecer, cuando Cristo fue ajusticiado en Jerusalén y recorrió la Vía Sacra para llegar al Calvario, esta imagen adquiere su mayor dimensión andando, vacilante al principio, decidida después, abatida pero reviviendo a cada paso, en un recorrido en el que muchos ven andar a Dios mismo.





