De entre los múltiples detalles que ha dejado esta mañana para el recuerdo y la memoria colectiva de la Córdoba Cofrade, que nos ha regalado la hermandad de la Expiración, ha habido uno emocionado, emocionante, extremadamente simbólico y cargado de autenticidad y sentimiento, que ha sido protagonizado por la cuadrilla de costaleros que dirige con maestría el capataz Ángel Carrero. Un gesto en memoria de uno de los suyos, de un hombre que compartió esa forma personal e intransferible de sentir, de ser cristiano y cofrade, que solamente es capaz de entender, en toda su dimensión, la gente de abajo. Esa forma de rezar cuando son convocados a la oración con tres golpes de martillo, con un costal y una faja, y de pregonar su fe a los cuatro vientos con el único sonido del rachear de sus zapatillas.
El pasado mes de noviembre, Luis Prados, costalero de la Estrella, del Buen Suceso y de la Expiración, se marchaba para siempre camino de la Casa del Padre, un valiente, un luchador, un cofrade y un costalero, cuya vida fue sesgada por una terrible enfermedad, esa a la que tantas veces creemos ganar batallas pero que sigue sobreviviendo como una alimaña perpetuando la guerra y llevándose consigo a miles de padres, madres, hermanos e hijos, dejando tras de sí un reguero de tristeza y desolación entre amigos, familiares y conocidos.
Hoy, la cuadrilla de costaleros con la que compartió tantos momentos singulares, ha tenido un gesto en memoria de su recuerdo. El paso de misterio del Cristo de la Expiración y María Santísima del Silencio ha llevado un costal en su recuerdo y en el lugar de la trabajadera donde su fe se convirtió una y otra vez en chicotá elegante y pausada, una rosa roja ha ocupado el lugar de privilegio que debía haber sido ocupado por él, entre los elegidos. Además, la cuadrilla ha entregado un costal firmado por todos y cada uno de sus miembros a la familia de Luis Prados para subrayar, metafóricamente, que hoy más que nunca, bajo las trabajaderas del Hijo de Dios, de Aquél que nos enseña que la muerte no es el final sino un mero tránsito entre este valle de lágrimas y la gloria eterna del paraíso celestial, Luis Prados, que ya se encuentra con el Creador, les ha acompañado bajo el cielo de Córdoba siendo un costalero más.
Luis Prados era un hombre cargado de coraje, así lo garantizan quienes bien lo conocían, un luchador capaz de vencer al monstruo en una ocasión, algo que no todo el mundo es capaz de lograr, envuelto en su valentía, su tesón, su capacidad de superación y en una fe infinita que lo acompañó siempre. Costalero y devoto de Nuestra Señora de la Estrella, del misterio del Buen Suceso y del Santísimo Cristo de la Expiración, Luis falleció dejando un rastro de dolor entre los suyos, muchos, que asistieron consternados al hecho de que se hubiera marchado de este mundo en la búsqueda de las trabajaderas del cielo.
No obstante, él demostró con sus hechos que la fuerza sirve para obtener victorias, aunque sean parciales, victorias que permitan mantener la esperanza hasta el día en que esta maldita asesina sea erradicada definitivamente de la faz de la tierra. Para él, la victoria definitiva no llegó a tiempo, pero quién sabe si para los que sucumban en sus garras en el futuro sí lo haga. Y entonces, tal vez entonces, sea el momento de contarles la historia de este luchador con mayúsculas, que tuvo la fuerza imprescindible para hacer retroceder a la bestia, para que ellos también lo hagan, esperando que la victoria definitiva llegue a tiempo entonces.





