El espíritu cofrade de antaño

Como costalero, he podido vivir momentos únicos, inolvidables. Estampas que sólo el que porta el costal con el verdadero conocimiento de lo que debe hacer, es capaz de contemplar y degustar. Pero tristemente, pienso que como en todo en esta vida, el tiempo se acelera y desecha cualidades y aspectos de antaño que eran verdaderos y realmente necesarios ya no sólo en el mundo del costal sino en el de las Cofradías.

Algunos de los momentos que hubiese querido vivir desde dentro, los pude degustar -cuando apenas tenía 7 años- con la Hermandad de la Merced. Recuerdo como cada mañana de Viernes Santo bajaba la cuesta del Zumbacón camino del puesto del churros que se situaba casi enfrente del Hospital Militar. En ese lugar que emociona recordar, mi madre y mi abuela compraban jeringos para dirigirse al entorno de la Catedral para ver salir el misterio de Coronación bajo el que entre otros , iba mi padre con su segunda familia. Esa familia que disfrutaba con sonrisas y alegría de una madrugá solitaria, en la que el público escaseaba y en la que los kilos cada vez se iban haciendo más pesados. Pero daba igual, el cariño y la raza de los costaleros de verdad podía con todo. 

Recuerdo el ambiente familiar, el apoyo desinteresado de mujeres, madres e hijos que como nosotros, metía el cartón de jeringos debajo de un paso en el que no había ni una mala palabra, ni modelos estrafalarios, ni supercostaleros. Sólo había devoción, raza, fuerza y superhérores, los que para mí hoy en día siguen siendo los que echo de menos en un mundo cofrade mecánico y en muchos casos, sin espíritu. El tiempo avanza, las modas también, pero permítanme que piense desde lo más profundo de mi corazón, que el avance desecha el espíritu real de lo que es una Hermandad.