Cierto es, comparaciones a un lado, que la Semana Santa de Córdoba ha ido experimentando en las últimas décadas una serie de cambios sustanciales que han conducido directamente a los proyectos más ambiciosos bajo los que, cada año, vemos crecer y prosperar a cuantas cofradías componen el panorama cofrade.
Ese desarrollo lleva implícitos muchos factores enormemente influyentes y condicionantes que, al fin y al cabo, también acaban siendo parte de ese todo que parece abarcar cada vez más ámbitos. Esto no se puede traducir de una forma que no sea mediante la expansión, una expansión que, inevitablemente, acaba por mover masas, con lo que ello conlleva, que, desafortunadamente, no es siempre positivo por mucho que nos guste ver las calles repletas de gente.
Hay quien dice – y no lo cuestiono – que la prolongada imitación que Córdoba ha venido haciendo del estilo sevillano es la que nos ha llevado a conocer a las hermandades tal y como las conocemos hoy en día, con los progresos con los que tanto nos ilusionamos y de los que tanto disfrutamos hasta que entran en juego esos “otros” detalles.
De Sevilla también incorporamos otro sentir, otro proceder que, por muy acostumbrados que estemos hasta el punto de creerlo nuestro, no lo es. Hablo de la ligereza con la que se afronta una puesta en la calle, por parte tanto de ciertas cofradías como de una buena parte del público, convencidos de estar poniéndonos, con tales actitudes, a los niveles de la ciudad vecina sin tener en cuenta que para Córdoba, la Semana Santa de Sevilla queda eclipsada por lo que nos vende la televisión, obcecada en acercarnos de forma casi exclusiva a la bulla y el griterío que arrastran consigo las dos Esperanzas.
También hay quien sostiene que el estilo cordobés como tal nunca existió, o al menos no tan definido como para tener que agradecerle herencia alguna. Cierto es que no hemos sido muy mirados con nuestras propias tradiciones y no hemos tenido reparos en ir eliminando progresivamente las costumbres que hacían que nuestra Semana Santa fuese digna de llamarse puramente cordobesa. Algunos elementos típicos de la celebración como los altares domésticos o los concursos de saetas pasaron a engrosar el libro de memorias de nuestra Semana Mayor sin más. Al igual que ocurriese con la seriedad, sobriedad y recogimiento que la ciudad califal trataba de transmitir a aquellos que la vivían, tal y como se pone de manifiesto por los documentos que se conservan de diversas épocas, que aunque muchos no lo sepan, no son pocos y están ahí, disponibles de muy distintas formas y en distintos sitios y a disposición de todo aquel que tenga un mínimo interés en saber cómo era la Semana Santa cordobesa mucho antes del jolgorio, el paso dorado, el misterio y el boom del costalero.
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