Una caldera de fe en el Real del Rocío

El Real del Rocío ha sido testigo de la tradicional y multitudinaria misa de Pentecostes protagonizada por miles de rocieros que se han dado cita para dar testimonio de fe delante del mosaico de fe verdadera que cada año configura el conglomerado de simpecados que toma posesión del altar frente al monumento de la Coronación.

Una solemne Eucaristía presidida por José Vilaplana obispo de Huelva y concelebrada por los capellanes de todas las hermandades filiales, tal y como ocurre cada año, y que ha estado amenizada musicalmente por la Coral del Valle de Hinojos y la de Santa María de la Rábida de Huelva que han aportado una visión personalísima y una manera distinta de rezar cantando a la que estamos acostumbrados en la Misa de Pontifical con algunos giros que han sorprendido al numerosísimo público asistente.

Una intensa ceremonia en la que calor fue protagonista y en la que se notó la abundante presencia de la Guardia Civil evidente a cada centímetro de la aldea en todos sus puntos lo que otorga una seguridad que conlleva una gran trascendencia fundamentalmente en los tiempos que corren.

El obispo de Huelva José Vilaplana tras dar la bienvenida a todos aquellos que han llegado después de «ese largo camino tras el que nos unimos como una gran familia junto a Nuestra Madre, la Virgen del Rocío». En su alocución el obispo de Huelva hizo un llamamiento a los rocieros más jóvenes al que consiguieran adaptar el lenguaje de nuestra fe a la realidad de las nuevas formas de comunicación y a sus nuevos lenguajes convirtiéndose de este modo en mensajeros y apóstoles entre el resto de la juventud que configuran la sociedad actual.

Una interesante homilía que reproducimos íntegramente a continuación:

Después del largo camino nos reunimos como gran familia junto a nuestra Madre, la Virgen del Rocío, para celebrar la fiesta de Pentecostés. Junto a Ella, en oración, como los Apóstoles, esperamos el don del Espíritu Santo, que nos llena de consuelo y alienta y dirige nuestras vidas por el camino del Evangelio.

Hemos llegado hasta aquí llevando en nuestros corazones súplicas y promesas, acción de gracias y esperanzas que deseamos poner en las manos de nuestra Madre, que, en medio del bullicio de la fiesta, no deja de estar atenta, como en Caná, a nuestras necesidades (recuerdo a las víctimas del atentado de Londres, ocurrido en la noche de ayer, y del hombre fallecido en la madrugada de ayer cuando participaba en Terrassa en la romería del Rocío de Cataluña):

Virgen de las marismas,

Madre y Señora

de tantísimos pobres

como te lloran.

¡Vida y dulzura

de todo el que te cuenta

sus amarguras!

En este encuentro con la Virgen María, a la que le decimos tantas cosas, también debemos preguntarnos qué nos dice Ella. De una madre se aprende siempre.

1. En la escuela de María.

El papa Francisco, en su reciente peregrinación a Fátima, nos invitaba a mirar a María como maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el camino estrecho de la cruz, dándonos ejemplo; como la Bienaventurada porque ha creído siempre y en todo momento en la Palabra divina, como la Virgen María del Evangelio. El Santo Padre nos advertía también sobre el peligro de retratar a María con una visión subjetiva que no permite descubrirla en toda la belleza y profundidad que tiene su persona y su colaboración en los planes de Dios. San Juan Pablo II ya dijo en este lugar que el Rocío debe ser una verdadera escuela de vida cristiana.

Queridos hermanos y hermanas rocieros, vengamos a las plantas de la Blanca Paloma no sólo como suplicantes, sino también como aprendices, con la humildad del que quiere conocer mejor a María y acoger de sus labios su invitación siempre actual: “Haced lo que mi Hijo os diga”. Tomemos conciencia de que necesitamos urgentemente aprender de María a ser cristianos auténticos para ser buenos rocieros.

Esta imitación de María, nuestra Madre, nos llevará a conocer mejor la Palabra de Dios, acogiéndola en nuestro corazón; a poner la Eucaristía, especialmente la del domingo, en el centro de nuestra vida para robustecer nuestra comunión con Cristo; y a vivir trabajando por la justicia una sociedad que necesita ser regenerada. Como cristianos no podemos ceder a la tentación de lo que corrompe nuestra vida y desdice del nombre de cristianos; a la explotación del débil o del inmigrante; al odio o al maltrato, hiriendo la dignidad de la persona.

Vengamos al Rocío como a una escuela de vida cristiana a aprender de María, maestra de vida espiritual.

2.- Conscientes de nuestra debilidad.

Somos conscientes de nuestra debilidad. Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo, como hemos escuchado en la segunda lectura. La fiesta de Pentecostés nos recuerda que nuestra fuerza es el Señor que nos concede su Espíritu Santo como Rocío que nos fortalece y fecunda. La Iglesia, nosotros, no se sostiene por sí misma, es el Espíritu de Dios el que la rejuvenece y revitaliza con su soplo divino. “El Espíritu que, desde el comienzo de la Iglesia naciente, infundió el conocimiento de Dios en todos los pueblos”.

Por esto, Pentecostés es una fiesta de esperanza, pues, a pesar de nuestra fragilidad, Jesús cumple la promesa hecha a sus Apóstoles: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.

María, nuestra Madre, nos acompaña en este camino de esperanza enseñándonos que quien pone en Dios su confianza nunca queda defraudado.

No nos dejemos atrapar por nuestras fragilidades ni por nuestros pecados, Dios es más fuerte y tiene poder para transformarnos en hombres y mujeres nuevos. El Espíritu Santo abre caminos de esperanza donde nosotros sólo vemos callejones sin salida. La Virgen del Rocío, la Virgen de Pentecostés, nos recuerda que el Poderoso hace maravillas en los humildes. Hizo maravillas en la pequeñez de su Sierva y puede hacer maravillas en nosotros, si nos dejamos conducir por el Espíritu Santo. Los Apóstoles, temerosos y débiles, quedaron transformados por el viento impetuoso del Espíritu de Dios.

3. En el lenguaje de los jóvenes.

El relato de Pentecostés, que hemos escuchado en la primera lectura, ha terminado así: “Los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. Los Apóstoles hablaron con libertad, con entusiasmo, de las grandezas de Dios, y lo hacían con un lenguaje que entendían todos los que escuchaban, pertenecientes a diversos pueblos y culturas. Esa es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, también de nuestra Iglesia, ahora, en este inicio de siglo: hablar de Dios, de la grandeza de su amor, manifestado en Cristo Jesús. Cristo nos mostró la bondad y la misericordia de Dios con toda su vida, especialmente en su muerte (amor hasta el extremo) y en su resurrección (amor que no muere nunca). Y así nos lo encargó a nosotros: “como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Acojamos esta misión. Dice el Papa Francisco: “En Pentecostés, el Espíritu Santo hace salir de sí mismos a los apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno empieza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (…) en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente…”.

La Iglesia quiere anunciar a todos esta Buena Noticia, pero, en este momento, quiere acercarla a los jóvenes. Por eso el Papa ha convocado un Sínodo para reflexionar sobre la fe y la vocación en la juventud. Todos compartimos esta preocupación y esta esperanza. ¡Queridos jóvenes rocieros, de la mano de María acoged el Evangelio, dejaos transformar por el amor de Jesucristo, camino, verdad y vida, y con Él y con Ella, sed mensajeros, testigos y apóstoles entre vuestros compañeros jóvenes! Traducid con fidelidad el Evangelio a vuestras formas de comunicación, a los nuevos lenguajes. Oramos con vosotros y por vosotros para que la Iglesia experimente un nuevo Pentecostés. El Evangelio os hará salir de vosotros mismos para ser servidores de todos, comprometidos especialmente en la atención a los pobres y a los más frágiles. Tened confianza y con la Virgen María, decidle a Dios: “Sí”, “aquí estoy”.

Quiero hacer mías estas palabras del Papa: “¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.

Todos unidos, con María, Madre del Rocío, pedimos llenos de confianza: ¡Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles y enciende en nosotros el fuego de tu amor!