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Córdoba

“El frikivirus que muta bandas de Sevilla por las de fuera”

De las muchas memeces que he escuchado o leído en los últimos tiempos, y les puedo garantizar que son muchas, una de las más estúpidas la ha incluido quien escribe en Pasión en Sevilla cada domingo, bajo el seudónimo José Cretario, aunque todo el mundo sabe quién es la persona que ejerce su labor ante ese llamador. Una idiotez tan burda, tan zafia y tan absurda que me resulta imposible imaginar que sea de cosecha propia. De hecho la frase en cuestión viene entrecomillada, lo que induce a pensar que la ha perpetrado un tercero. La frase de la que les hablo es: “El frikivirus que muta bandas de Sevilla por las de fuera está más extendido de lo que parece. Ya verás”. Una frase que pone en evidencia tanto a quien la haya pronunciado como a quienes la compartan. Porque lo que trasciende de semejante barbaridad es mucho más que una mera opinión. Lo que promueve esta idiotez es que cunda la impresión de que vienen desde fuera para destruir “nuestras cosas”.

Una imbecilidad que pretende dar a entender que existe una guerra declarada entre los defensores de la tradición y la auténtica sevillanía y quienes están promoviendo la destrucción “del paraíso inexpugnable que un día fuimos”. Una falacia tan falsa, repugnante y mal intencionada, como la de insinuar que si vienen bandas de fuera es porque se arrastran y tiran sus cachés, hasta niveles tan bajos, que para las bandas de la capital resulta imposible competir. A estos defensores de la mentira más absoluta les ha venido de lujo el “caso Realejo”, desvelando interesadamente medias verdades e informaciones sesgadas, para que quede la impresión, en primer lugar de que cualquier banda es capaz de hacer lo que sea – hasta pagar – con tal de acceder a un rinconcito en el cielo, y en segundo, que la única explicación posible de que haya cofradías que opten por “el enemigo” es que las formaciones musicales forasteras es que cobren tres duros. Y, como todo el mundo sabe, decir verdades a medias es mentir. 

Y mentir es lo que están haciendo desde hace meses algunos medios de comunicación de la ciudad de la Giralda. Mentir, con sus seis letras. Mentir miserablemente a cambio de una repugnante limosna en forma de exclusiva barata y adhesión inquebrantable a quienes “defienden el alma de Sevilla” aunque lo hagan aireando mentiras repugnantes. Por cierto, no estaría de más que salieran a la opinión pública las cifras de los contratos suscritos por Rosario de Cádiz, Paso y Esperanza o Pasión de Linares y que luego se comparasen con los que firman año tras años algunas de las bandas “punteras”, protegidas por determinados gurús mediáticos que predican desde su púlpito a la sombra de la Giralda. Igual más de uno se llevaba una sorpresa. Como no estaría de más los redundantes casos de “donaciones para flores”, concepto eufemístico que puede llegar a ser un pozo sin fondo.

Es falso, rotundamente falso, que una agrupación musical haya desaparecido porque vengan bandas de fuera; ha desaparecido porque el nivel no era suficientemente importante como para que las corporaciones hispalenses confiasen en ella, ni más ni menos, más allá de esa extraña obsesión por tocar a la sombra de la Giralda, despreciando a esas otras hermandades de “fuera” que ellos confiaron y fueron esenciales para sobrevivir. Es falso que el problema de las bandas de la capital sea exclusivamente su repertorio; es un problema mucho más profundo, directamente relacionado con el proteccionismo del que han gozado durante décadas que les ha impedido mejorar y evolucionar, en lugar de repetir hasta el hartazgo a través de las redes sociales que “ellos son el alma de Sevilla”. Es falso que las bandas “forasteras” cobren menos que las de la capital. Y es falso, que la campaña orquestada en contra de las hermandades que han decidido, soberanamente, aportar por formaciones musicales de otras latitudes y contra las propias bandas, sea casual o inocente. 

Es una campaña en toda regla, que el día que salgan a la luz sus auténticos promotores, provocará el bochorno y la vergüenza de muchos de quienes ahora defienden lo indefendible. Lo que se está haciendo en contra de esta tendencia, cuya única motivación es la extraordinaria calidad de las bandas contratadas – y punto -, es repugnante y peligroso. Y, o se pone pie en pared y comenzamos a llamar a las cosas por su nombre, denunciando a quienes están promoviendo este ataque furibundo, o terminaremos lamentando insultos y sabe Dios si algo mucho más grave cuando estas bandas lleguen a Sevilla para demostrar por qué han ido a buscarlas; no olvidemos que en todas partes hay tarados sueltos. Y no duden que el día que algo grave pase, los mismos pregoneros que están propiciando esta miserable caza de brujas, aprovecharán la coyuntura para denunciar lo ocurrido y multiplicar sus visitas.

Afortunadamente, no todas las bandas sevillanas han apostado por echarse al monte con la falacia como arma arrojadiza. Otras, las dirigidas por verdaderos músicos y por auténticos caballeros, han entendido el mensaje y han subrayado la calidad de quienes vienen de fuera y han empezado a evaluar los motivos de lo ocurrido. Estas serán quienes las que sobrevivan. El resto, las que se regodean en el victimismo, se recrean en la mentira y continúan nadando en el mar de soberbia y la prepotencia, la misma que hace tres días regateaba repertorios mirando por encima del hombro, en la creencia de que eran intocables, continuarán perdiendo el protagonismo perdido, paulatinamente, hasta que no haya remedio. Y ocurrirá sin que nadie se acuerde de lo que fueron y sí de lo que son.

Porque, a pesar de lo piensen todos estos plumillas que están alentando el odio contra quienes vienen de fuera, los sevillanos no son gilipollas, y por mucho que defiendan a Sevilla sobre todas las cosas, como no puede ser de otro modo, están empezando a comprender la realidad: algunas bandas hispalenses – he dicho algunas – que llevan viviendo de conquistas pasadas, de la adulación y la fama, no les llegan ni a la suela de los zapatos a las que han llegado para quedarse. Y, como buenos sevillanos, acogerán entre sus brazos todo lo bueno que llegue de lejos para hacerlo suyo, dejando por el camino lo que realmente carezca de la calidad precisa, desde luego, pero absorbiendo la grandeza que vuele hasta los pies de la Giralda, como siempre hizo Sevilla en artes como la imaginería, la orfebrería o el bordado… ¿por qué la música habría de ser diferente? ¿Porque lo dicen determinados medios? ¿por qué se revuelven algunos directores de bandas? La situación anómala no es que en Sevilla vengan bandas de fuera, sino más bien al contrario, que fuese un coto cerrado en el que las excelentes bandas de otras latitudes tuviesen vetada la entrada. La revolución ha llegado y con ella, el momento de optar entre adaptarse a los cambios, detectar las carencias, evolucionar y volver a convertirse en referencia o refugiarse en la trinchera de mentiras, construida por la “prensa amiga” y continuar agonizando camino de un abismo sin retorno.

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