Décadas atrás, concretamente en el año 1973, la desaparecida publicación de Patio Cordobés se encargaba de reproducir otro relato aún de mayor antigüedad, publicado originalmente en el Diario de Córdoba en la fecha del 18 de abril de 1924 y redactado por el respetado periodista Ricardo de Montis. Un texto, desde luego, digno de recordar, especialmente teniendo en cuenta que, en él, de Montis exponía la diferencia apreciable entre el Jueves Santo cordobés del 24 y el que solía vivirse en la ciudad califal nada menos que otros cincuenta años atrás:
Antiguamente, cuando la patria de Osio semejaba la ciudad dormida, cuando sus calles, tapizadas por la yerba, estaban casi siempre desiertas y silenciosas, cuando reinaban en todas partes una tranquilidad y un sosiego de que no disfrutamos hoy, sólo en determinados días animábase la población, se transformaba casi por completo, aunque sin perder su sello característico.
Unos de estos días era el Jueves Santo; el vecindario madrugaba mucho para dar los últimos toques al arreglo de la casa; para barrer y regar las calles; para sacar del fondo del arca los trapitos de cristianar, que había de lucir toda la familia.
Hablaba de Montis sobre unas jornadas esplendorosas desde el mismo momento que despuntaba el sol, con la característica y reluciente blancura de las casas del sur. Mañanas de asistencia multitudinaria por parte del pueblo cordobés a los solemnes e imprescindibles “Divinos Oficios”. Era en las primeras horas de la tarde cuando comenzaban las visitas “a los Monumentos, lo cual originaba un espectáculo grandioso. Córdoba entera lanzábase a la calle, para cumplir esta piadosa práctica, ostentando sus galas mejores. Los caballeros el frac y el sombrero de copa, las damas los trajes de seda, la mantilla de blondas y alhajas valiosísimas; la nobleza sus vistosos uniformes, cruces y bandas, los hombres del pueblo el traje de paño burdo, las botas con casquillos de charol y el sombrero cordobés recién planchado; las mujeres de la clase humilde la falda negra y la mantilla de felpa o estamiña”.
Rememoraba, asimismo, el estimado periodista cómo las calles del entorno de la Catedral se convertían en auténticos hervideros de gente que, convencidos y llenos de devoción, acudían a visitar sagrarios mientras que aquellos que por allí residían se apostaban tras los cristales de sus balcones para contemplar desde sus privilegiados palcos el desfile procesional, cargado de misticismo, sobriedad y silencio.
Al declinar la tarde, la gente se retiraba a sus hogares para reponer las fuerzas perdidas por el constante ajetreo con las comidas preparadas durante los días anteriores, porque el Jueves y Viernes Santo dedicábanse únicamente a conmemorar el drama sublime del Gólgota, comidas en las que nunca faltaba el potaje, las espinacas y el bacalao frito y las natillas o las frutas de sartén.
Luego el vecindario abandonaba de nuevo sus casas para seguir la visita a los Monumentos, que duraba hasta las altas horas de la noche y muchas personas para oír el hermoso “Miserere” del maestro Ravé, interpretado en la Basílica por cantantes y músicos notables.
A las nueve de la noche el público empezaba a ocupar la carrera de la procesión; muchos balcones ostentaban vistosas iluminaciones, no eléctrica ni de gas, sino de aceite, producido por candilejas encerradas en farolillos con cristales de colores.
A las nueve abríanse majestuosamente las puertas del templo de San Cayetano y aparecían las imágenes de Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor, acompañadas de gran número de hombre, en su mayoría del pueblo, con cirios.
A la efigie de Jesús Caído rodeábala su fervorosa Hermandad, constituída por los famosos toreros del barrio de la Merced, delante del paso iba “Lagartijo”, el hermano mayor, que parecía una figura romana arrancada de un medallón antiguo.
La procesión recorría las principales calles de los barrios de Santa Marina, San Andrés y San Miguel, presentando un interesante golpe de vista al descender por la pendiente contigua a la iglesia de San Cayetano para entrar por la puerta del Colodro y pasar por el Campo de la Merced.
Volvían, nuevamente, las menciones a los famosos altares elevados por el pueblo ante la expectativa de la noche del Jueves Santo, creando escenas tan hermosas como memorables para aquellos que, como Ricardo de Montis, tuvieron la oportunidad de conocer personalmente para deleitarse con esa profunda religiosidad cordobesa.
Eran esos altares erigidos en el interior de una habitación amplia que dispusiese de balcones y rejas con vistas a la calle. Las paredes se cubrían con colchas rojas a modo de tapices, se aderezaba la instancia con diversas plantas y flores notablemente olorosas y, finalmente, se colocaba “un altar de varios cuerpos en cuyo centro aparecía un crucifijo rodeado de fanales con imágenes, de jarrones y vasos llenos de flores y de candelabros con velas”.
Todos los vecinos de la casa y las muchachas amigas de aquéllos congregábanse allí para pasar la noche velando al Señor. Rondas de mozos deteníanse ante las ventanas de los altares, por las que salía un haz de luz que iluminaba gran parte de la calle y, sombrero en mano, cantaban saetas a las que contestaban, desde dento, las mujeres con otras sentidas y vibrantes, cuyas notas interrumpían el augusto silencio de la noche, semejando aves desgarradores de un alma herida por el dolor más profundo.
Merecida fama tenían, también, los altares instalados por los panaderos y taberneros, marcados por el buen gusto y el lujo típico de ellos. Además, en las plazas y calles más sinuosas de la capital cordobesa, numerosos comerciantes solían colocar mesitas llenas de tortas y hornasos regados con aguardiente – a fin de evitar posibles empachos – preparados, generalmente, para aquellos que habían trasnochado.
Por su parte, los conocidos como hortelanos del pago de la Victoria asistían sin falta a rezar ante una talla de Cristo que se veneraba en una pequeña capilla ubicada en la Puerta de Gallegos, lugar que permanecía iluminado y abierto toda la noche del Jueves Santo. De manera simultánea, acudía el pueblo cordobés a visitar la Ermita del Señor en el Pretorio así como cuantiosas familias optaban por desplazarse hasta el santuario de Scala-Coeli, donde se velaba al querido y célebre Cristo de San Álvaro.
Aunque los cordobeses, interrumpiendo una buena costumbre ya desaparecida, trasnochaban el Jueves Santo, levantábanse el Viernes muy temprano con el fin de continuar las prácticas propias de la Semana Mayor: para asistir, por la mañana, a los Divinos Oficios; para oír, por la tarde, el sermón de las Siete Palabras; para ver, más tarde, la procesión del Santo Entierro con sus “maragüevos” de largas colas; con su “Cruz guiona” llevada por campesinos del barrio del Espíritu Santo; con sus pasos representando al Señor en el Huerto, Cristo amarrado a la columna y Jesús Caído, acompañados de sus hermandades de curtidores, sastres y toreros; el Señor de Gracia, llamado vulgarmente el Cristo de los esparragueros; el Santo Sepulcro con su cofradía formada por caballeros de la nobleza, y la Virgen de los Dolores, radiante de hermosura, que enardece el entusiasmo religioso de los fieles y despierta la fe en los corazones donde se halle más dormida.





