El Manierismo y los enigmas del Santísimo Cristo de la Caridad y el Señor del Santo Sepulcro

Al igual que, dentro de la Semana Santa cordobesa, se ha considerado a lo largo del tiempo al Santísimo Cristo de las Penas como una de las joyas más reseñables de nuestra imaginería, no solo por su antigüedad, sino también por la innegable influencia gótica en la estética del titular de la corporación de Santiago, especial mención merecen, asimismo, las tallas del Santísimo Cristo de la Caridad y Nuestro Señor Jesucristo del Santo Sepulcro por ser ambas obras – como recordarán – las máximas representantes del Manierismo en la ciudad califal.

El Señor de la Caridad, por un lado – titular de la hermandad que, en su día, dirigiese el Hospital de la Caridad de Nuestro Señor Jesucristo – ha sido, no pocas veces, calificado como el crucificado de mayor belleza de nuestra Semana Santa. Esa apreciación ha venido incentivada por una suma de factores tales como su hechura académica y la detallada anatomía del crucificado así como el intachable equilibrio de volúmenes que, el artífice, supo proporcionarle a pesar de la complejidad añadida que suponía la contorsión del cuerpo a la que fuerza el mencionado Manierismo.

Esos mismos análisis del Santísimo Cristo son los que condujeron a una directa comparación con el hispalense Cristo de la Expiración del Museo – imagen realizada en 1575 – lo que, a su vez, hizo reparar en un nexo común: los cánones propios de Miguel Ángel, a partir de los cuales solo hizo falta dotar de un fuerte expresionismo al crucificado sevillano y de un clasicismo sumamente elegante a la imagen cordobesa.

La historia que, gracias a los documentos conservados, se ha podido trazar con certeza en lo relativo al Señor de la Caridad, nos remontan hasta el célebre – y en otras ocasiones citado – comerciante Juan Draper, un valenciano residente en Córdoba. Se asegura que este recibió, en pago de una deuda, la hermosa imagen del crucificado procedente de la denominada Hermandad de San Bernardino, asentada en la Iglesia de San Pedro el Real, hoy San Francisco. Sería un tiempo más tarde, concretamente en 1614, cuando Draper cedió la talla a la Hermandad del Hospital de la Caridad, cuya sede se encontraba – como recordarán por anteriores publicaciones – en el actual Museo de Bellas Artes.

Años 50

El Señor del Santo Sepulcro, por su parte, es – del mismo modo que Nuestro Padre Jesús Nazareno – una imagen siempre rodeada de misterio y de preguntas aún sin respuesta. Fue la profesora Dabrio González la que, años atrás, asoció la imagen del Señor al movimiento manierista.

Para ubicarnos en los orígenes del titular de la cofradía del Viernes Santo en el marco de nuestra Semana Santa, hemos de trasladarnos a su primitiva hermandad, fundada hacia finales del siglo XVI en el convento de Nuestra Señora del Carmen de Puerta Nueva. Posteriormente, en el año 1667, los miembros de aquella antigua corporación encargaban a los talleres de Pedro Roldán y Francisco de Ribas, en la ciudad vecina, una urna para el Señor, de lo que cabe deducir que, a la hora de elegir, la hermandad del Santo Sepulcro se decantaba por la industria sevillana en detrimento de la local.

Sin embargo, la curiosidad más destacable en lo concerniente a la imagen titular se centra en los brazos de esta pues, según parece, estos fueron articulados con el objetivo de facilitar la representación de la Crucifixión y, a continuación, el Descendimiento, escena esta última en la que participaban los propios hermanos de la cofradía dando vida a los Santos Varones hasta que, en 1744, la costumbre fue interrumpida por una expresa prohibición. A partir de ese momento, los brazos de la talla se fijarían definitivamente.

No obstante, Nuestro Señor Jesucristo del Santo Sepulcro seguiría siendo objetos de interesantes modificaciones con el paso de los años, ya que la imagen llegó a tener melena postiza – al igual que muchas otras, como la del Señor de la Oración en el Huerto o Nuestro Padre Jesús de la Pasión – y paño de pureza de tafetán. Esto explicaría, sin duda el llamativo entallado de la cabellera además de la composición, posiblemente rectificada, del perizoma.

Como resulta evidente, los brazos no parecen estar en consonancia con el cuerpo del Señor y la policromía hubo también de ser retocada por Peláez del Espino. Así y todo, la imagen mantiene un estilo de gran sofisticación que se pone de manifiesto a través de la enorme serenidad de su expresión y revela las tendencias de la imaginería local mediante el arcaísmo del tallado de la barba, el bigote e incluso de la caída de los ojos.

Aun teniendo en cuenta esos detalles, el conjunto está bien resuelto – con influencia de la escuela sevillana – y la calidad es superior a la de otras producciones de la época. Las características anatómicas llegaron a nuestros días casi convertidas en un esbozo de lo que pudieron ser en siglos anteriores pero la perspectiva global es plenamente satisfactoria, sobre todo si nos centramos en las piernas del Señor, puesto que, dependiendo del ángulo de visión, no es difícil imaginar a la talla como crucificado, adquiriendo así, un incuestionable efecto prebarroco.