El patrimonio material de las distintas corporaciones que conforman el universo cofrade se nutre de piezas que, a lo largo de los siglos, han generado un sinfín de historias que, en ocasiones, son tan ricas como la propia pieza que las genera. Una de estas piezas es el poco conocido «Manto de Bolillos» que pertenece al impresionante ajuar de la Virgen de los Dolores, que diversos eruditos de la Semana Santa de Córdoba, como Jesús Cabrera o David Pinto Sáez, rescataron del olvido en sendos artículos para satisfacción de propios y extraños.
Se trata, y así lo explicaba Cabrera en la revista Alto Guadalquivir editada con motivo de la cuaresma de 1996, de una pieza de camarín ejecutada en «sedas moradas e hilos de oro y plata, así como tisú de ambos metales en las aplicaciones». El manto presenta «en el interior de la greca que lo circunda con motivos pasionistas» dos grandes medallones, uno con el escudo de la ciudad y otro, aún mayor, con la imagen del arcángel San Rafael. Una pieza realizada en base al dibujo concebido por Daniel Díaz Redondo, para cuya ejecución fueron utilizadas hasta 14 clases de punto desde el primitivo de bolillos hasta dos completamente nuevos incluido el que lleva el nombre de Reina Victoria, monarca que estuvo muy ligada, como ahora veremos, a la adquisición del manto por parte de la corporación servita. El manto que fue utilizado por la Virgen de la Esperanza en sus primeras salidas procesionales, adolecía originalmente de escasa solidez por lo que era preciso que la Virgen lo luciera sobre un viso oscuro, para darle cuerpo. Una pieza «frágil y exótica» como el propio Cabrera la definió en el mencionado artículo.
Sin embargo más allá de su singularidad estructural, tanto la adquisición como su único uso en la procesión del Viernes Santo estuvieron rodeados de una llamativa polémica. La autora del manto, Rosario Díaz Seco, contactó con el hermano mayor de la cofradía cordobesa, Francisco Belmonte González Abreu, a comienzos de 1916, a través de una carta en la que proponía la compra del manto por 10.827 pesetas, lo que, según lo afirmado por la propia Rosario Díaz, suponía un considerable ahorro toda vez que la pieza estaba valorada en 12.022 pesetas, ya que la diferencia había sido satisfecha a través de una recaudación de donativos recibida del capellán del hospital Miguel José Jiménez Sillero. Pese a la «oferta», la Hermandad tuvo que rechazar la propuesta habida cuenta de que los ingresos anuales que por aquel entonces percibía, de 1368 pesetas, hacían imposible su adquisición.

Sin embargo, lejos de que este rechazo pusiera fin a la historia, la visita, días después, de la reina Victoria Eugenia a un taller madrileño de encajes en el que se hallaba expuesto el manto desencadenó los acontecimientos. Unas «casuales» fotografías de la reina junto con «un manto con destino a una imagen de la Virgen de Córdoba que ha sido vendido en 30.000 pesetas» propició que diversos periódicos madrileños de la época se hicieran eco de la noticia, si bien alguno de ellos especificaba que el manto tenía por destino la Catedral de Córdoba.
Estas informaciones periodísticas influyeron de manera decisiva, y todo hace indicar que fue intencionado, en que se reactivara la posibilidad de que la pieza terminase integrando el ajuar de la Virgen de los Dolores. Al respecto, Jesús Cabrera afirma que «Rosario Díaz utilizó los lazos familiares que le unían con el magistral Juan Eusebio Seco de Herrera para que la hermandad o el capellán adquirieran el manto». Presiones multiplicadas por la presunta gestión realizada por Torcuato Luca de Tena, director de ABC, para que la pieza tuviera por destino una hermandad de Sevilla.
Sea como fuere y en medio de los múltiples elogios de la prensa, Rosario Díaz Seco, tras explicar que concibió la idea de hacer el manto después de ver a la Virgen de los Dolores en la Semana Santa de 1915, continuó afirmando que el manto sería lucido por la dolorosa Servita el Viernes Santo de 1919. Según subraya Cabrera, sus contactos con el antiguo alcalde de la ciudad, Manuel Enríquez Barrios, y el ministro de Instrucción Pública, Julio Burell, sirvieron para que el manto fuese expuesto a partir del 1 de abril en la Calle Paraíso, en Sánchez Hermanos, lugar al que acudieron muchos cordobeses para ver la pieza extrayendo una conclusión manifiestamente mejorable.
Pese a que el manto no gustó en absoluto a los cordobeses, y aunque la Virgen de los Dolores alternaba el «Manto de las palomas» y «el de Alburquerque» en su salida procesional del Viernes Santo, el asunto terminó en la convocatoria de una junta general urgente celebrada el 11 de abril, apenas 10 días después de la exposición de la pieza, convocada con el objetivo de que la Virgen luciera la pieza en su próxima procesión. Las presiones llegaron hasta tal punto que el propio capellán advirtió que «era gusto del magistral y de su prima que la Virgen lo luciera en la procesión del Viernes Santo y que por él estaba dispuesto a que lo llevara». La cuestión derivó en lo que Jesús Cabrera denomina «un violento y largo debate entre los 24 cofrades asistentes en el que la hermandad mostró su rechazo a la presión concluyendo que la Virgen no tenía por qué llevar un manto prestado que no ha gustado a la opinión pública y que este año luciría el de Alburquerque».
Pese a esta decisión, apenas una semana después la prensa volvió a ejercer su poderosa influencia, afirmando que la Virgen de los Dolores llevaría el manto de bolillos el Viernes Santo, como así ocurrió. No obstante, la lluvia truncó parcialmente el estreno, haciendo acto de presencia y propiciando que la procesión oficial del Santo Entierro se disolviese en la Catedral. Un periódico local afirmó al día siguiente que la pieza había sido donada por Rosario Díaz Seco. Así fue como la pieza terminó engrosando el ajuar de la Reina de San Jacinto si bien no volvió utilizarlo en ninguna salida procesional.
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