La vara del pertiguero, Opinión

El misterio de la fe

Tres días hay en el año en que reluce más el sol, pero solo en uno de ellos podemos decir que Cristo nos visita personalmente por las calles de nuestras ciudades. Ese día es el Corpus, donde bajo el abrazo de una custodia Jesús resucitado se nos hace presente en el Santísimo Sacramento.

Este es el misterio incomprensible de nuestra fe: en ese pan ácimo, que técnicamente se conoce como «especie», el Hijo encarnado se nos muestra. Ahí está Dios, aunque los sentidos nos fallen y el entendimiento no llegue a captar el milagro que está presenciando, como diría santo Tomás de Aquino. Por tanto, al llevar el paso de este misterio, hemos de tener muy claro que portamos al Maestro bueno, aquel que se entregó por nosotros y se alzó de entre los muertos para dar vida en abundancia.

Muchas personas no son conscientes de esto, incluso entre los cofrades. Algunos olvidan que esta procesión del Corpus Christi es la más excelsa y la más importante que puede haber. Por eso, hace mucho tiempo este día era celebrado con gran pompa y alabanza, llegándose a representar tanto autos de fe (pequeños teatrillos religiosos) como danzas. Esta práctica aún es habitual en algunos rincones del mundo, pero en otros lamentablemente se ha perdido.

Hoy contemplamos la custodia con una indiferencia feroz, casi pagana. Sin embargo, ante cualquier otro paso o imagen, la cosa cambia… El sinsentido se eleva a máximos inexpresables cuando caemos en la cuenta de que Jesús sacramentado no solo está con nosotros un día al año, sino que nos acompaña todos los días y que podemos verlo tanto en el sagrario como en la misa. Pero no vamos, pues la misa, aunque sea emulación de la liturgia celeste que leemos en el Apocalipsis, nos aburre, al igual que la visita al sagrario. En el peor de los casos, esto se explica por falta de fe. En el mejor, por falta de formación. Sea como fuere, el resultado es lamentablemente el mismo.

En el Corpus vemos la materialidad del mandamiento del amor, ese que dejó Jesús a sus discípulos en la última cena y que en ocasiones recordamos, pero ponemos poco en práctica. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo», dice san Juan en su evangelio (Jn 3,16). Y Jesús, que tanto amó al mundo y a los hombres, nos dejó así mismo este memorial, que no es solo símbolo, sino también realidad transustanciada. Así, este domingo saldrá a la calle el mismo Jesús que predicó en la montaña, el que algunos solo consideran como personaje histórico, aunque en verdad su existencia es suprahistórica y sobrenatural, en cuanto que ha doblegado los límites de la materia.

Dios está aquí, y debemos celebrarlo llenos de júbilo, mostrando nuestro carisma cofrade como un matiz adherido a nuestra esencia cristiana. Aún más, debemos aprovechar este instante que no se festeja de manera pública desde hace tiempo. El domingo no será un día de catequesis, sino de adoración total. Ojalá seamos conscientes del hecho y llenemos las calles con tanta fe y devoción como lo hacemos en Semana Santa.