Si tengo que elegir un momento de mi infancia que no olvidaré en la vida me decantaría por un Lunes Santo de allá por el 2009 o el 2010. Era una tarde dulce en la calle Dos de Mayo y el aire dulce del barrio del Arenal asombraba a un niño que estaba en la flor de su niñez. Estaba en la esquina de Arfe donde tanto he aprendido a ver cofradías con mi padre y sus amigos. Esa esquina era el paraíso donde cada primavera quería volver, porque para un niño de diez años le resultaba como la puerta de un vergel que tras travesarla un punzado en el corazón confirmaba acceder a un mundo sobrehumano.
Esta entrada celestial la solía cruzar con mi maestro de vida, Eduardo Pastor. Él me cogía de la mano y con la habilidad de un experimentado “cangrejero” me colocaba junto al capataz. Allí estaba yo en la calle Dos de Mayo. Un niño que empezaba en abril a madurar descubriendo la esencia de la Semana Santa. Siempre estaba callado y escuchando las indicaciones que me daba mi amigo. Le apretaba fuerte la mano y a pocos metros nos deleitábamos de la gracia de la delantera del palio de la Virgen de Guadalupe.
Siempre andábamos para atrás. Así he aprendido a ver los pasos, así lo sigo haciendo y así lo enseñaré. La dulzura de la Emperatriz Mexicana, la brisa del Guadalquivir, la música, el azahar y el incienso envolvía mis sentidos. Y sin entenderlo percibía como me enamoraba sintiendo la gracia de María. La atmósfera de aquella tarde de primavera me marcó para siempre y supe comprender aunque nunca sepa explicarlo que aquel lugar bajo la mirada de un niña de dieciséis años estaba el misterio de la vida.
Ahora tengo dieciocho. Ya he dejado de ver cofradías con mi padre y mi amigo Eduardo. Sin embargo, cada Lunes Santo vuelvo sólo a la calle Dos de Mayo. Allí con la Virgen de Guadalupe me veo con diez años en una vorágine que me devuelve a la flor de mi infancia. Como ellos me enseñaron, me pego al capataz y me dejo llevar por la gracia de la zambrana.
El pasado Lunes Santo volví y unos metros más adelante, en la revirá de Arfe con la Puerta del Arenal vi a una pareja joven y en sus brazos a un bebé recién nacido. Sonaba ‘La Caridad del Arenal’ y la alegría y la emoción estaban latente en los ojos de los estrenados padres. Sus sonrisas derrochaban júbilo por presentar a su hijo a la Madre de Dios.
Había pasado mucho tiempo que dejé atrás mi infancia. Había crecido y aprendido mucho. Pero fue en ese momento cuando me volví a sentir con diez años porque tras ocho volvía a comprender que el misterio de la vida estaba en el barrio del Arenal bajo la mirada de la Virgen de Guadalupe. Siempre seré el niño que el Lunes Santo en la calle Dos de Mayo apretaba fuerte la mano de Eduardo y algún día, que Ella por favor lo quiera, podré ser el padre que lleno de lágrimas presentaba a su primer hijo bajo la mirada de esa niña de dieciséis.





