El Capirote, Opinión, Sevilla

El no pregonero

Cuando la semana pasada nos enteramos del fallecimiento de Pascual González pocos fueron los que no se lamentaron de que ya no lo escucharíamos dar el pregón de la Semana Santa. El Consejo, del que todavía se desconocen sus movimientos para elegir a este u otro que anuncia la semana mayor perdió para siempre la oportunidad de que alguien que ha amado tanto la ciudad se subiera al atril de la maestranza a escasos días de que los nazarenos blancos del Porvenir lleven el azahar de su barrio hasta el centro de Sevilla.

Los sevillanos llevaban años pidiendo algo que el Consejo le negó. A uno se le escapan los intereses ocultos que pueden tener las personas a la hora de sus actos. Y en el Consejo no iban a ser menos, entre otras cuestiones porque nunca llega a conocerse la verdad del asunto. Ni de este ni de otro cualquiera. Se han subido al teatro toda clase de pregoneros. Y tantos pregones que hasta los ha habido que ni por asomo lo parecían. Han desfilado poetas, periodistas que deseaban salir en pantalla y lo hicieron con cuatro versos campanudos, elogiados con tal recompensa por su buenrollismo para con el Consejo. Porque en los medios hay quienes tragan saliva y filtran lo que tienen que escribir y los que no se contienen porque piensan que el periodismo está para servir a la sociedad y no a los intereses de un organismo.

Y a la hora de entregar el pase de oro los segundos no tienen nada que ganar comparados con los del primer grupo. Pasan a ser resto, independientemente de sus reacciones. No existe vínculo y por tanto nada que gratificar. Y va pasando el tiempo y a Pascual González, aunque el pueblo quisiera verlo el Domingo de Pasión, le llegó el último capítulo la semana pasada.

Nos perdimos -y la ciudad también- a un pregonero que pasa a engrosar una larga lista de sevillanos -no conocemos con exactitud el límite- que habrían dejado un manantial de letras tan bien hilvanadas que nos habrían hecho llorar de emoción desde el sofá de nuestra casa. Queda como consuelo que Pascual González se pasó toda una vida pregonando la ciudad a la que amó y que seguramente, allá donde esté, seguirá mirando embelesado.