El obispo de Málaga pide acoger en las hermandades a las parejas homosexuales y a los divorciados vueltos a casar

El obispo de Málaga, José Antonio Satué, defendió en Cádiz un modelo de hermandades capaz de acoger a personas de realidades sociales y familiares muy diversas, incluidas las parejas homosexuales y los divorciados vueltos a casar. Su intervención tuvo lugar el miércoles en la Iglesia de Santiago, durante la apertura del curso de formación organizado por el Consejo de Hermandades y Cofradías de Cádiz, donde invitó a las corporaciones a revisar su papel dentro de la Iglesia y su compromiso con quienes viven situaciones de vulnerabilidad.

El prelado situó la piedad popular ante un momento decisivo y subrayó la necesidad de que las hermandades sean espacios de integración efectiva, en los que nadie se sienta desplazado por sus circunstancias personales. «Todos, todos, todos, están llamados a ser en la hermandad piedras vivas de la Iglesia», afirmó, antes de insistir en que sus integrantes deben sentirse «acogidos, respetados y amados tal y como son».

Satué amplió esa llamada a la diversidad de edades, condiciones y experiencias vitales que conviven en la sociedad. «En una hermandad deben sentirse como en casa los niños y los ancianos, la persona con discapacidad y el deportista», señaló. A continuación, concretó su planteamiento con una enumeración que incluyó realidades que, a su juicio, también deben encontrar acogida en estas corporaciones: «debemos acoger con alegría a la pareja gay y al matrimonio con varios niños, al universitario y a la prostituta, al divorciado vuelto a casar y a esa beata que reza el rosario antes de la misa».

La hermandad como espacio de encuentro social

El obispo reivindicó la capacidad de las cofradías para reunir a personas que, fuera de ellas, quizá no compartirían espacios ni experiencias. En ese sentido, destacó que la convivencia en torno a una devoción puede superar las barreras económicas, culturales e ideológicas que atraviesan la sociedad. Para ilustrarlo, recurrió a una imagen vinculada al mundo de las cuadrillas: «el camarero de barrio obrero es el capataz de una cuadrilla de cargadores donde te puedas encontrar desde un grande de España hasta un actor de Hollywood».

Esa diversidad constituye, según su planteamiento, uno de los valores de la religiosidad popular, capaz de propiciar encuentros entre personas de procedencias muy distintas. «no hay clases sociales, no hay izquierda ni derecha, no hay tradicionalistas o liberales», resumió, al defender que las hermandades deben preservar su condición de lugares de convivencia y fraternidad.

La relación entre las corporaciones y los sacerdotes ocupó igualmente una parte destacada de su intervención. Satué recurrió a una comparación para explicar la distinta naturaleza de ambas misiones: «el cura pesca con caña; la hermandad, con red de arrastre». Desde esa perspectiva, consideró que los cofrades tienen una particular capacidad para acercarse a quienes permanecen alejados de las estructuras eclesiales, al mantener «con un pie dentro de la Iglesia y otro fuera».

El prelado también se refirió a las discrepancias que pueden surgir entre los párrocos y las hermandades, sin interpretarlas necesariamente como un problema. «Por eso a mí no me asustan las tensiones entre párrocos y cofrades, porque eso quiere decir que los dos cumplen su misión. El sacerdote exige procesos y el cofrade pide espacios para que quepan todos. Si no hay esa tensión, o el cura se ha metido a cofrade o el cofrade se ha clericalizado», manifestó.

Los cofrades, en la calle y junto a quienes sufren

Satué reclamó que la misión de las hermandades no quede circunscrita al ámbito de los templos, sino que se proyecte sobre la vida cotidiana y los problemas concretos de la sociedad. «el lugar eclesial del cofrade es la calle, la cultura, la familia, los problemas del barrio, las estrecheces del obrero, las inquietudes de la juventud», afirmó, antes de recalcar una idea con especial contundencia: «Su lugar no es la sacristía».

En esa misma línea, animó a los cofrades a mantener su presencia pública incluso cuando encuentren dificultades en el ámbito parroquial. «aunque el cura os lo ponga difícil», advirtió, en una reflexión que acompañó con una llamada a comprender también las limitaciones de los sacerdotes. «los sacerdotes nos equivocamos, estamos muy solos, a veces empezamos la vida ministerial siendo muy jóvenes e inexpertos, incluso inmaduros», reconoció.

El obispo defendió así una relación entre sacerdotes y hermandades basada en la comprensión mutua, sin renunciar a la responsabilidad evangelizadora que corresponde a cada parte. Su mensaje apuntó a una Iglesia capaz de combinar la exigencia de sus procesos internos con la apertura necesaria para que las corporaciones sigan siendo lugares de encuentro y de presencia cristiana en la sociedad.

Una formación que vaya más allá de las conferencias

La formación de los hermanos fue otro de los asuntos abordados durante la apertura del curso. Satué advirtió de que esta tarea no puede limitarse a la sucesión de ponencias o encuentros teóricos, sino que debe traducirse en experiencias que permitan comprender la fe, la historia y el patrimonio desde una perspectiva viva. Por ello, definió la formación como «mucho más que charlas» y lanzó una advertencia expresa: «por favor, no abusen de las conferencias».

Como alternativa, propuso acercar a los jóvenes al patrimonio religioso mediante experiencias directas que les permitan descubrir el significado de los edificios y las obras de arte. «subir a los jóvenes al campanario y enseñadles cómo el cristianismo ha sembrado Europa de cruces, torres y espadañas», planteó, dentro de una reflexión que defendía el conocimiento del legado cristiano como una herramienta educativa y evangelizadora.

Su propuesta incluyó igualmente la aproximación a los elementos artísticos de los templos, de modo que la formación no se reduzca a contemplar el patrimonio, sino que ayude a comprender el contenido religioso que alberga. En ese contexto, reclamó ofrecer «explicaciones de la teología que encierran los retablos».

El prelado también alertó contra la tentación de medir la calidad de los cultos por su despliegue externo. «no caigamos en la tentación de convertir nuestras funciones principales en un espectáculo», pidió, al recordar que la solemnidad y el cuidado de las celebraciones no deben confundirse con la espectacularidad. «no es más cristiano por ser más espectacular, ni una hermandad es más fiel al Evangelio por disponer de mayores recursos materiales», sentenció.

La caridad, más allá de la ayuda puntual

La acción social de las corporaciones constituyó uno de los ejes centrales del discurso. Satué animó a las hermandades a identificar las necesidades que existen a su alrededor y a implicarse de manera continuada con las personas que atraviesan situaciones difíciles. Para ello, reclamó que presten atención a «las periferias existenciales de nuestro mundo» y conviertan esa preocupación en una parte sustancial de su actividad.

En este punto, propuso que cada corporación establezca vínculos con una realidad concreta de vulnerabilidad y contribuya a visibilizarla en el conjunto de la diócesis. «Que el preso, el inmigrante, el enfermo, el sin techo, el niño no nacido, las familias sin red de apoyo… que cada hermandad haga presente una periferia humana en el corazón de la diócesis, que es la Catedral», expresó.

El obispo insistió en que la caridad no puede entenderse únicamente como una respuesta material ante una necesidad inmediata. Frente a «una ayuda puntual», defendió la construcción de «una verdadera relación fraterna», en la que el acompañamiento y el reconocimiento personal ocupen un lugar central.

«No se trata de entregar alimentos, pagar una factura o realizar una donación; se trata de reconocer la dignidad de la persona, escucharla, acompañarla y evitar que la ayuda se convierta en una relación de superioridad», explicó. Con esta reflexión, invitó a las hermandades a superar una concepción meramente asistencial de la acción social y a establecer relaciones sostenidas en el tiempo con quienes necesitan apoyo.

Las hermandades y la integración de las comunidades migrantes

La intervención abordó asimismo la situación de las personas migrantes y, de manera particular, la de los fieles de tradición ortodoxa que residen lejos de sus países de origen. Satué llamó la atención sobre la relación que muchos de ellos mantienen con la fe y las imágenes religiosas, así como sobre las dificultades que pueden experimentar para integrarse plenamente en la vida eclesial de su entorno.

«Ellos viven su fe con cierta orfandad entre nosotros. Son muy devotos de las imágenes, poseen una fe muy viva, participan en los sacramentos, tienen una enorme devoción a la Virgen…», afirmó, al describir una realidad que, en su opinión, requiere una respuesta acogedora por parte de las comunidades cristianas.

En este contexto, atribuyó a las hermandades la capacidad de convertirse en espacios de encuentro para quienes buscan mantener sus tradiciones religiosas y, al mismo tiempo, integrarse en la sociedad de acogida. Las definió como «un lugar muy valioso de socialización y de integración para estos hermanos nuestros, pero sobre todo una atmósfera de comunión y de amistad donde vivir, expresar y celebrar la fe con alegría».

Satué defendió que las corporaciones pueden desempeñar un papel relevante en ese proceso, especialmente cuando consiguen ofrecer un entorno en el que la devoción compartida favorezca la convivencia y la creación de vínculos. «que logre convertirse en un referente identitario para ellos contará con un aluvión de devotos y de nuevos colaboradores, pero, sobre todo, prestará un gran servicio a muchas familias que viven alejados de su tierra y sus raíces, pero no de Dios», sostuvo.

La dimensión cultural de la Semana Santa

En el tramo final de su intervención, el obispo se refirió al alcance cultural y social de la Semana Santa, una manifestación que trasciende en numerosos casos la práctica religiosa de quienes participan en ella o se acercan a sus procesiones. Satué consideró necesario reconocer esa realidad sin interpretarla como una amenaza para las hermandades, sino como una oportunidad para comprender la capacidad de la piedad popular para generar vínculos colectivos.

«la Semana Santa posee una indiscutible dimensión cultural, histórica, artística, antropológica y social. Una persona puede emocionarse con una procesión, identificarse con una hermandad, participar en sus tradiciones y reconocer su extraordinario valor cultural sin compartir necesariamente las creencias de la Iglesia. Y esa realidad no tiene por qué ser una amenaza para las hermandades; al contrario, demuestra la capacidad de la piedad popular para generar vínculos, identidades y experiencias colectivas que trascienden la práctica religiosa. Es expresión del éxito de una fe que crea cultura», concluyó.

El mensaje pronunciado en Cádiz dibujó así una hoja de ruta para las hermandades basada en la acogida sin exclusiones, la formación que permita comprender la fe, la caridad entendida como acompañamiento y la presencia activa en la sociedad. Una llamada a preservar las raíces religiosas de la piedad popular sin perder de vista a las personas y las realidades humanas a las que, según el obispo, deben servir las corporaciones.