A paso mudá | No es hambre de poder, es hambre de destruir

Hay algo que debería empezar a preocuparnos seriamente dentro de la música procesional: la ambición desmedida de quienes parecen no conformarse nunca con lo que tienen. Porque una cosa es trabajar para crecer, mejorar y conseguir nuevos contratos, y otra muy distinta es alimentar una dinámica en la que parece que el objetivo no es alcanzar el éxito, sino conseguir que los demás dejen de tenerlo.

Y no, esto no va de envidia, ni de cuestionar que una formación pueda tener una trayectoria extraordinaria, ni de negar que cada hermandad sea libre de elegir a quien considere oportuno. Va de algo bastante más profundo: de qué clase de panorama musical estamos construyendo cuando algunas bandas parecen querer estar en todas partes, ocupar todos los espacios posibles y no dejar prácticamente margen para que otras puedan desarrollarse.

Porque el problema no es que una banda consiga un contrato. Ni siquiera que consiga muchos. El problema aparece cuando la acumulación empieza a parecer un objetivo en sí mismo, cuando nunca hay suficiente y cuando el crecimiento propio parece ir acompañado de una necesidad constante de ampliar territorio. Como si el éxito no consistiera en hacer bien las cosas, sino en conseguir que cada vez haya menos alternativas.

Y aquí conviene dejar algo claro: ninguna banda tiene la obligación de renunciar a una oportunidad para que otra pueda aprovecharla. Faltaría más. Las hermandades eligen libremente y las formaciones tienen todo el derecho del mundo a presentarse, negociar y aspirar a nuevos contratos. Pero que algo sea legítimo no significa que no podamos cuestionar las consecuencias de determinadas dinámicas.

Porque la música procesional no pertenece a nadie. No es propiedad de una formación, de una generación de músicos ni de quienes llevan décadas ocupando determinados espacios. Se ha construido gracias a multitud de bandas, compositores, directores y músicos que han aportado su trabajo para que hoy exista un panorama tan amplio y diverso.

¿Qué ocurrirá si dejamos que esa diversidad se vaya reduciendo? ¿Qué sucederá con las formaciones que están intentando abrirse camino, con los proyectos que necesitan oportunidades para crecer y con los músicos que encuentran en esas bandas una manera de desarrollar su pasión? ¿De verdad creemos que el conjunto saldrá ganando si cada vez más contratos terminan concentrados en menos manos?

Lo más peligroso de estas dinámicas es que pueden terminar normalizándose. Se empieza aceptando que determinadas formaciones acumulen una presencia cada vez mayor porque su nivel lo justifica, porque tienen una trayectoria consolidada o porque las hermandades las prefieren. Y puede que, individualmente, cada decisión tenga una explicación perfectamente razonable. Pero cuando miramos el conjunto, quizá descubramos que el resultado es un panorama en el que cada vez cuesta más encontrar espacio para propuestas diferentes.

Y una cosa es que una banda sea extraordinaria y otra que el sector termine girando alrededor de ella.

La excelencia merece reconocimiento, por supuesto. Pero no debería convertirse en una excusa para dejar de preguntarnos por la salud del conjunto. Una música procesional fuerte no es aquella en la que dos o tres formaciones lo copan prácticamente todo, sino aquella en la que existen proyectos capaces de competir, crecer, renovarse y ofrecer alternativas reales.

Porque si el éxito de unos termina convirtiéndose en la imposibilidad de crecer para los demás, quizá deberíamos revisar qué estamos entendiendo por éxito.

No se trata de repartir contratos por caridad, ni de establecer cuotas, ni de exigir a nadie que renuncie a aquello que se ha ganado trabajando. Se trata de no confundir la libertad de competir con la idea de que acapararlo todo es necesariamente lo mejor. Se trata de entender que la música procesional necesita referentes, sí, pero también necesita diversidad, oportunidades y futuro.

Y, sobre todo, se trata de recordar que ninguna banda es imprescindible hasta el punto de que el resto deje de ser necesario.

Porque el día que confundamos el dominio con la excelencia, y la acumulación con el prestigio, habremos empezado a caminar por un terreno peligroso.

Y quizá entonces, cuando miremos alrededor y descubramos que cada vez quedan menos alternativas, algunos se pregunten cómo hemos llegado hasta aquí.

La respuesta podría ser tan sencilla como incómoda: mientras unos intentaban construir una música procesional más rica, otros parecían empeñados en quedarse con todo el espacio.

Y cuando el objetivo deja de ser crecer para convertirse en no dejar crecer a nadie más, ya no estamos hablando solamente de música.

Estamos hablando de poder.