La Semana Santa está dejando algunos “sucesos” relacionados con el mundo de los martillos. Uno de los que más he hablado ha sido el de la rotura del farol del palio de la Paz y Esperanza, amén de la satisfacción que ello provocó en uno de sus antiguos costaleros. Pero no fue el único ni el primero, porque el Domingo de Ramos otro palio, el de la Esperanza tuvo serios problemas en la calle San Pablo.
Fue con una luminaria y el costero derecho de dicho paso, ya que el capataz Marcos de la Virgen no lo apreció y uno tras otro los varales fueron enganchándose el farol. Lo más curioso del caso fue que el capataz rectificó y mando la izquierda alante una vez habían pasado el obstáculo.
Un contratiempo que demuestra, nuevamente, que hasta cualquier escribano hace un borrón y que solamente se equivocan quienes salen al campo a jugar. Y que, en modo alguno, desautoriza el resto del trabajo realizado por un capataz que siempre debe ser evaluado por su labor conjunta y no por hechos aislados que no deberían ser nada más que anécdotas.





