Sevilla

El principio de un sueño de barrio, de Salud y fantasía

Es cierto que la primavera cambia el ánimo y abre los sentimientos para que se vivan intensamente. Por suerte, Sevilla es uno de los pocos sitios, o tal vez el único, que para el tiempo para que el ambiente se inunde de un nimbo protagonizado por una primavera penetrante, enamoradiza, apasionada. Un lugar que se confunde con el Edén y un motivo digno de todas las locuras, María. Eran las 14.55 de la tarde, hacía calor y la Virgen de la Salud ponía su presencia en la ciudad para llenarlo todo de luz y bañar las calles de una fragancia celestial.

Su barrio tenía el color, las calles y el alma vestida de fiesta. Sonaba la “Salve a Nuestra Señora de la Salud” y todo estaba a la medida del Lunes Santo. La emoción de un barrio casi incalculable ponía los vellos de punta cuando alzaban la voz para entonar el himno a la Virgen de San Gonzalo mientras cruzaba una gran alfombra de sal de 22 metros. Todo era fulgor al paso de una Virgen que cumplía una cuenta pendiente con sus vecinos, llegar a todas las casas del barrio. En cada esquina olía a tradición, mujeres que acababan de regresar del Mercado y veían a su Virgen con la intensidad de cada tarde. El amor de un barrio tenía la cara de pétalos, lágrimas en las caras arrugadas de los vecinos y numerosas banderas Concepcionistas y españolas en cada calle.

Algo de retraso dejo la procesión a la salida del Barrio León. La corporación aprovechó la rectitud de la calle San Jacinto para ganar minutos. Su próximo punto fuerte fue la Capilla de la Estrella, la esencia de dos hermandades trianeras frente a frente y la alegría de un barrio que pierde la razón en estos momentos. El sol empezaba a castigar con menos fuerza, todo estaba engalanado, pensado para honrar a la Virgen de la Salud en cada momento como en la Plaza del Altozano que puso el broche para despedir a una hija o una madre que con su marcha deja un profundo vacío en el corazón.

Por Reyes Católicos y Pastor y Landero llegaba Nuestra Señora de la Salud a la calle Adriano. El ambiente de una tarde de Toros impregnaba la gran vía del Arenal, multitudinaria y preparada para soñar. Ante la puerta de la Capilla del Baratillo recibió una aplaudida petalá. La alegría de un palio sevillano en todo su auge como si sintiera la responsabilidad de salir por la puerta de cuadrillas con la certidumbre de hacer una faena extraordinaria.

Noche cerrada y la Virgen de la Salud entraba en las entrañas del Arenal con 35 minutos de retraso. Calle Toneleros, la antigua Varflora, Rodo, Dos de Mayo. Eran el teatro perfecto para enamorarse de María, cuyas calles estrechas y la temperatura que imperaba en el momento eran elementos determinantes para que muchos sevillanos eligieran estas calles para esperar a la Reina de San Gonzalo. 

Tras la visita a las hermandades de la Carretería y las Aguas llegó al Arco del Postigo, donde saludó a la hermandad de la Pura y Limpia con la marcha «Rocío» interpretada por la Banda de Santa Ana de Dos Hermanas. Como se esperaba se vivió uno de los momentos más intensos de la ida que fue seguido con una clavelada y el pinchazo de las notas de «Como Tú, ninguna».

 

A las 00.30 horas llegó a una embarrotada Plaza del Triunfo con «Pasa la Macarena», seguida de «Hossana in Excelsis» y «Cristo en la Alcazaba» mientras la Cruz de Guía entraba a las 00.40 a la Catedral. Finalmente el palio cruzó el dintel de la Puerta de los Palos pasada la una de la madrugada. El sueño de un barrio, de una hermandad, de unos devotos se había iniciado. Ahora todo estaba preparado para seguir ahondando en él. La Virgen de la Salud descansaba en la frialdad y altura de las naves catedralicias, muy distinto a la acogedora capilla de un barrio humilde a esas confesiones de las vecinas arrodilladas tan naturales y puras como si se produjeran en la mesa de camilla de las salitas de la calle Dolores León.