Advertisements
El Capirote, Opinión, Sevilla

El romanticismo perdido

Quien haya leído sobre la Semana Santa hispalense a través de los viajeros románticos verá que hoy en día parecen estar hablando de otra Semana Santa. Inalterables en el tiempo permanecen algunas cofradías, como la Carretería o Montserrat, que parecen haber sabido guardar con celo los tiempos decimonónicos. En algunas hermandades ese romanticismo es más palpable que en otras, aunque podríamos afirmar que la mayoría de ellas mantienen su esencia, aunque esta en ocasiones no tenga nada que ver con su origen.

Distinto es el comportamiento de parte del público. Uno echa un vistazo a algunas obras de aquellos viajeros románticos y se imagina estampas que precisamente el público está cargándose debido al comportamiento que muestran y que cada año parece ir en aumento si nos detenemos en las formas del mismo. Uno de los comentarios este año ha estado centrado en los chiringuitos que cada grupo alza a las puertas de la capilla de los Marineros desde bien temprano, para tener un buen sitio desde el que contemplar la salida de la hermandad de la Esperanza de Triana. Sin embargo, el que se haya convertido en uno de los ejes principales de varias conversaciones entre los capillitas no quiere decir que sea algo desconocido. Desde hace años vienen acampando con hamacas, sillas, cachimbas e incluso almohadas a las puertas de un templo que conformando una estampa irreconocible a medida que avanza la tarde. Quien suscribe ha visto hace años cómo un grupo de jóvenes se apostaba a las puertas hasta con una colchoneta. Después pasan las horas y se dedican a echarse la siesta, fumar o comer pipas y dejar aquello peor que algunos callejones próximos a la calle Larga.

Son tantas las formas que tendrían que corregirse que, puestos a escribir, incluso podría salir un libro con indicaciones. Aunque está comprobado que tanta indicación no sirve para nada en algunos casos. Ahí están las señales recordando la prohibición de las sillitas, y justo más abajo aparecen dos señoras comiendo pipas como si no hubiera un mañana. Ahí están las papeleras del centro y, a escasos metros, bolsas tiradas –véase Alfonso XIII durante la Madrugada–. Ni qué decir tiene que la vestimenta tampoco es que sea la más apropiada. Al importante descenso de mantillas este Jueves Santo –de seguir así terminarán desapareciendo– hay que añadir que algunas de las que continúan la tradición parecen no seguir un decálogo que dicta las normas para vestirse como tal. Unos tacones de aguja o una falda excesivamente corta no son propias del atuendo, como tampoco lo es que aparezcan unas zambombas cerrando un cortejo.

Si ampliamos el espectro de la vestimenta nos encontramos con indumentarias como la que aparece en la imagen. Está tomada durante un Viernes Santo en el interior de la catedral, justo al paso de una cofradía. Y entonces surge el debate de si el público tendría que continuar respetando unas mínimas normas. Y digo debate porque se nos va de las manos un comportamiento que no es para nada ejemplar ni concuerda con el respeto que se merece esta celebración centenaria. Atajarlo desde raíz sería lo más lógico, pero en esta ocasión tiene que partir de cada uno el modo en el que se lanza a ver las cofradías o a presenciar un desfile. Tarea harto complicada, porque no hay más que salir y comprobar cómo se presentan algunos. Si los románticos del XIX tuvieran que escribir sobre la Semana Santa seguramente trasladarían una imagen muy distinta a la que reflejaron. E incluso los que nos visitaron en el pasado siglo.

Advertisements

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para más información. ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: