El Rostro que Sevilla buscaba

Estremecedor silencio por la Resolana. La calle está sola. Caen varias gotas que desaparecen en el asfalto y muy cerca de allí la Virgen de la Esperanza Macarena descansa guardando tantas plegarias. Atrás se han quedado las noches de vigilia donde el tiempo se perdía en los rezos de sus hijos que no podían conseguir el sueño sin dejar de pensar en Ella.

La Macarena ha vuelto al altar. Se le nota en la cara el cansancio. Es inimaginable, inabarcable, pensar todo lo que ha escuchado estos días la Virgen de la Esperanza. De qué sitios habrán venido a buscarte. Qué grandes problemas te habrán contado. Qué gracias has recibido por el milagro por el que has intercedido.

Miles y miles de personas que han ido a tu encuentro por un motivo que solo ellos saben. Gastando el asfalto de la Resolana que ahora se está limpiando a cuenta gotas. Cuatro días sin estar un solo segundo escuchando todo lo que te pedían. Y ahora sola. Como sola está la ciudad a esta alta hora de la madrugada. Pero Ella no descansa. Prefiere las noches para entrar en las casas, en los dormitorios, en los sueños donde tanta gente necesita encontrar la Esperanza para conseguir el alivio del que carece.

Has abierto las puertas del palacio que te guarda para que tu pueblo se conmueva y se postre para besar tu Mano y afirmar la Reina que eres. ¡Qué mundo habrá entre esa mano y los labios de cualquiera de tus hijos! La Macarena ha vuelto al altar y se han cerrado las puertas de la basílica.

Allí queda para la monotonía del día a día que en Ella encuentran un paréntesis de gloria y divinidad en los calvarios de muchas vidas. Para recibir los buenos días de la vieja de la calle Relator, aquella que se sentía la más importante del mundo porque una vez al año la Madre de Dios iba a pasar por su puerta. Para el saludo de lo que necesitan encontrar el Rostro que tanto buscaban. Porque la vida, la ciudad y los días no se entienden sin Ella. Nada le falta a quien haya encontrado la Esperanza.