Aun no ha amanecido la ciudad. No queda mucho y parece toda la eternidad. La noche es más profunda, como la oscuridad del alma que transita por el valle de sombras que es la vida.
Apenas dos horas restan para el amanecer, que bien pudiera ser el de otro Viernes Santo. El mismo que contempla al Nazareno salir de su templo en cualquier pueblo. El mismo que se observa ante Dios, hecho hombre, cargar con la cruz, al hombro, en el más absoluto silencio.
Es algo más que solemnidad, es el alma interpuesta ante la divinidad, encarnada en la humanidad más descarnada. Entonces, la madera cruje, como lo hacen las costillas del devoto que lo divisa, que lo siente mientras camina hacia él.
Lleva la túnica persa y la comprensión en la mirada. Tú dolor es el mío, le dice, mientras siente como el pecho se le parte, como si el alma quisiera salir del cuerpo hacia su creador, como si el niño que fue recuperara esa inocencia primera, intacta, sin más pecado que el asombro, el escalofrío que el paso de los años ha hecho perpetuo.
En cada lágrima hay una oración, sedimento de esa plegaria diaria, de cada confesión, de cada miedo atenuado cuando la charla nocturna lo consuela. La silueta del Señor se acerca y se aleja, y se le saluda como al amigo, como al familiar que se fue; como al confidente cotidiano que te insufla la fuerza para seguir caminando en este mundo de charcos y arena; como si su escalofrío, su caricia eterna apareciera a ras de acera, a golpe de imagen en la pantalla.
La distancia, como cada noche, se rompe en el espacio-tiempo y, entre la penumbra, él sale al rescate del valle de sombras, porque entre las tinieblas él es la luz que amanecerá en su rostro. Entonces, el Viernes Santo es en realidad el día de la Inmaculada y el Gran Poder entra por cada pupila, por cada garganta, por cada rincón del cuerpo para socorrer el alma de cada devoto.

La ciudad ve como se aleja su mal de dolores y, en sus antiguas arterias, la sangre invisible de su savia le permite florecer de nuevo. El escalofrío no se marcha, el Gran Poder lo mantiene intacto, camino de la Catedral, mientras alguien se pregunta por lo que le debe el mundo a Juan de Mesa y si no fue una especie de profeta, silenciado por los siglos, como con aquellos de Israel intentaron hacerlo los poderosos. El hombre que dio forma al Hijo del Hombre, al Dios de la Ciudad, que ahora la ve amanecer a su historia.
El Gran Poder camina siempre de frente, hacia la historia -lineal- de la que es dueño, para rescatarnos del valle de sombras, para que la conversación de cada noche, de cada amanecer, cobre sentido. Porque es el hombre entre los hombres (que no el primus inter pares), porque solo él es Dios, el Señor sin apellidos, porque reina en el amanecer de un Viernes Santo clavado en diciembre y nos recuerda que, con su sola mirada, todo cobra sentido.































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