Advertisements
Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

“El ser humano tiende a ascender hasta lograr su nivel de incompetencia”

Todo el mundo sabe que la aplicación del Principio de Peter, ese que propugna que “el ser humano tiende a ascender hasta lograr su nivel de incompetencia”, se demuestra de manera fehaciente en muchos ámbitos sociales, con especial énfasis en las cofradías. Las casas de hermandad están repletas de personas que un día fueron magníficos costaleros o impecables diputados de tramo y que ahora desarrollan su actividad al frente de alguna vocalía, o cualquier otro cargo en el seno de una junta de gobierno, con una ineptitud que sonroja y asusta a partes iguales. El problema suele derivar de esa concepción mal aprendida, por ciertos dirigentes, de que el mejor modo de premiar un buen trabajo es mediante la concesión de un cargo o incluso carguillo. Sin embargo, por minúsculo que pueda llegar a ser, el desempeño de cualquier cargo requiere una destreza determinada, una aptitud de la que no todo el mundo goza, pese a lo cual se continúa tropezando en la misma piedra una y otra vez.

Y así, el chico que durante años se encargó de atesorar los más delicados encajes o de facilitar alfileres al vestidor, termina convertido en el propio vestidor, para desgracia del buen gusto más elemental, el que ejerció de patero con gran maestría acaba asumiendo la responsabilidad de ser tesorero y aquél que tiraba cervezas en la caseta de feria o la cruz de mayo con una impecable maestría, perpetrando montajes de cultos inconcebibles e infames, entre la incredulidad generalizada de quienes no alcanzan a comprender la relación existente entre ambas artes y se preguntan, retóricamente, qué hemos hecho para merecer semejante castigo. Castigo que se suele perpetuar hasta la confección de la próxima junta de gobierno (dimisiones aparte, porque aquí no se destituye ni a San Pedro), momento en el cual se vuelve a confeccionar un nuevo equipo de gobierno con más savia incompetente y vuelta a empezar.

Y es que existe la creencia generalizada de que los miembros de una junta de gobierno, además de ejercer con pulcritud la tarea que les ha sido encomendada, deben ser unos currantes intachables, de tal modo que además de levantar acta como el mismísimo Cervantes han de habitar de sol a sol tras la barra de la caseta de feria, el tesorero debe ser el primero que llegue para montar el paso de palio al tiempo que gobierna las cuentas de la hermandad como el mejor financiero del Banco de Santander y el hermano mayor, debe compaginar su labor de representación, codeándose con alcaldes, concejales y obispos, con sudar al más puro estilo Pepe Gotera y Otilio, entre cambio y cambio de barril de cerveza. Y, claro, teta y sopa no caben en la boca. Por eso resulta imposible lograr la cuadratura del círculo y se convierte en ineludible decantarse por una de las cualidades requeridas que, ¡oh, sorpresa!, suele ser precisamente la contraria que la inherente al cargo para el que fueron nombrados. Y así nos va, ¿para qué vamos a entrar en detalles?

¿Tan difícil es profesionalizar las juntas de gobierno de modo que el tesorero sea un experto en la materia, el secretario sepa leer y escribir (además de alternar en tabernas cofrades y otros bares del ramo) y el prioste sea capaz de distinguir el terciopelo del raso? Quizá piensen que exagero pero, se ve cada cosa… Y al mismo tiempo, ¿tan complejo resulta de comprender que un magnífico trabajador en la cocina de una cruz de mayo no tiene por qué terminar formando parte de una junta de gobierno?. Puede que el problema derive de cómo se conciben los equipos de trabajo en las hermandades. Se piensa que cualquier hijo de vecino sólo trabajará si tiene un cargo, y es posible, solamente posible, que esta verdad absoluta no sea más que una falacia. No todo el mundo tiene la necesidad de ocupar un sillón de privilegio y aunque así fuese, ¿resulta recomendable conceder una responsabilidad a quien carece de la capacidad para desempeñar la labor derivada?

Las Juntas de Gobierno deberían estar mucho más profesionalizadas, compuestas exclusivamente por expertos (lo más expertos posible, obviamente) y ser mucho más reducidas de lo que lo son en la actualidad. Un hermano mayor, un segundo de a bordo, un secretario, un tesorero, un diputado mayor de gobierno, un responsable de priostía, otro de formación… y poco más, señores. El resto de labores, necesarias e imprescindibles, pueden ser desarrolladas por comisiones específicas, dirigidas por los responsables de cada área, compuestas por personas que no han de tener cargo alguno en la hermandad. Respeto, todo; consideración, por descontado… y por supuesto que su voz sea escuchada en el seno de la comisión o comisiones de trabajo a la que pertenezcan. Que se sientan partícipes y suficientemente importantes… pero los ministros han de ser otros, los que han de reunirse para marcar las grandes líneas de trabajo, un grupo reducido, lo que, dicho sea de paso, permitiría por un lado lograr mayor agilidad en la toma de decisiones y por otro, evitar la presencia en las juntas de gobierno de hermanos, que probablemente tengan un importantísimo valor desempañando ciertas funciones, pero que nada aportan en una reunión de cabildo de oficiales.

Y los miembros de la Junta deben realizar de manera eficiente la labor para la cual han sido elegidos. Todo lo demás que quieran aportar, nada tendrá que ver con la valoración de que ellos se haga como tesorero o diputado mayor de gobierno; ¿o seguimos prescindiendo de un magnífico secretario porque sus obligaciones la impiden hacer tortillas en la caseta? Aprendamos, todos, a ser conscientes de que en cualquier grupo organizado deben repartirse las responsabilidades en función de la valía de cada cual, que no todo el mundo vale para cualquier cosa y que existen prioridades que deber quedar perfectamente definidas desde el primer momento. Valorar la labor de un diputado mayor de gobierno en función del número de pinchitos o de tornillos apretados demuestra una imbecilidad profunda que es causa directa de la vulgaridad en la que nos hallamos inmersos. Una vulgaridad de la que solamente seremos capaces de salir el día en el que comprendamos que hay que poner a los mejores en cada puesto, o al menos intentarlo.

Advertisements

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para más información. ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: