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El show de las veneraciones

El año encara sus últimas chicotás entre restricciones, hospitalizados y el mundo patas arriba. El siempre intenso universo cofrade le sigue de cerca los pasos con un desbarajuste propio del camarote de los Hermanos Marx. Parece casi un sueño aquellos días de la Semana Santa en los que las hermandades iban al unísono sobre si se salía o no por lluvia, si había retrasos en la Carrera Oficial o si una jornada necesitaba un ajuste u otro en el recorrido. 

Ahora no hay consenso ni para pedir la hora, señores. Quizás nunca lo hubo realmente. Si bien es cierto que corporaciones como las del Martes Santo sí estuvieron a la altura en 2018 planificando un día que no generara caos de seguridad y tiempos, el cual se fraguó bastante bien; a pesar de que la actual Junta del Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla tumbara unilateralmente este fantástico acuerdo que beneficiaba a todas las partes menos a los abonados de la campana y a ciertos medios de televisión, a los que fastidiaba el cambio de ubicación de entrada de los pasos por la archiconocida vía pública del centro de la ciudad. Pero eso es otro tema.

Aquí se reclama acción conjunta por parte de las cofradías de Sevilla, porque lo que se percibe hasta ahora son simples intereses de cada corporación (e incluso me atrevería a decir meros gustos personales de las juntas de gobierno), para gestionar por su cuenta la segunda oleada de este esperpéntico virus que nos acecha como una mosca molesta desde hace nueve meses. 

Me refiero en este caso concreto al tema de las veneraciones. Las cofradías llevan casi un par de meses suspendiendo estos actos litúrgicos que están programados en sus calendarios como cultos en regla, sin haber una excusa de peso para tomar esta medida. Y ustedes dirán, ¿una epidemia no es un buen motivo para anular estos eventos? Pues sí … y no. Las hermandades son libres de hacer lo que consideren oportuno sin salirse de la línea del Palacio Arzobispal, pero siempre tienen la obligación moral y el deber de dar culto y protestación de fe en la medida de lo posible; y ahora, queridas juntas de gobierno, se puede.

Las restricciones no afectan a estos cultos, y la seguridad sanitaria está asegurada con medidas como la toma de temperatura (lo cual hizo espléndidamente la Hermandad de San Gonzalo en la Veneración a la Virgen de la Salud el pasado octubre) o el gel hidroalcohólico, el cual de por sí lleva  ya todo el mundo en el bolsillo, y se encuentra casi en cada esquina que dejas atrás. Pero si lo que nos preocupa son las movilizaciones de personas, el Hermano Mayor de la Macarena, José Antonio Fernández Cabrero, ya recalcó hace unos días su opinión sobre el besamanos de la Esperanza: «El orden de la movilidad en el interior de la Basílica está garantizado». Y vamos a ser sinceros: no todas las veneraciones movilizan lo mismo que las Esperanzas de Sevilla o el Gran Poder. 

No existe por tanto motivo alguno para que muchas cofradías hayan tomado esas determinaciones que por otro lado perjudican el ánimo y la fe del creyente, que necesita tener a su imagen cerca cualquier día del año, pero aún más con la situación tan delicada que vivimos. Y, cómo no, es de aplaudir la decisión de corporaciones como las Siete Palabras que acertadamente ha mantenido este culto. Mi mensaje a las Hermandades es claro como el agua: dejen la dejadez y den esperanza al cristiano. El compromiso cristiano está por encima de todo. 

 

 

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