La calle estaba a solas. Las nueve de la mañana es una hora muy temprana para un domingo. Solo se escuchaba el sonido de los pájaros que empezaban a jugar entre los naranjos y las tejas de las casas que rodean la iglesia del pueblo. En medio del natural concierto de los gorriones se alza una voz. “Podéis ir en paz”. Se escuchan pisadas en el mármol y la calle tiene ahora el alboroto de las mujeres que acaban de salir de misa.
Todavía dentro varias de ellas se apelotonan delante de una capilla. En el altar hay una Virgen antigua de alhajas donadas por familias, encajes de velos de novias y sayas bordadas decimonónicas. Cada una de las mujeres reza alguna oración mientras piden por algo que la Virgen bien sabe que les atormenta. Rezos a murmullos, íntimos, incapaces de interrumpirlos. Incluso para el nieto que llega para saludar a la abuela.
En ese instante de la mañana de domingo se ha reunido la magia por la que las hermandades siguen a pesar de que pasen los siglos. La devoción de la familia que marca la vida de todos sus miembros; la abuela que reza y le enseña a su nieto a querer a la Virgen; el nieto que observa y siente una punzada en el pecho cuando comprende que en las palabras de su abuela está la verdad de la vida.
Ambos han terminado de rezar y vuelven a casa. El camino es un silencio y un alboroto de pensamientos que se interrumpen por la abuela. “Sólo pido a Dios que pueda volver a ver a la cofradía en la calle”. El nieto mira cómo la abuela está emocionada. Es el aliento que recibe un día para todo el año. Un manojo de sentimientos que se guarda para recordarlos cuando las fuerzas flaquean.
No sabe si la salud le fallará a la vuelta de la esquina. Y los titulares de los periódicos no ayudan. Nadie tiene certeza de cuando todo volverá a la normalidad. Puede que pasen muchos años o pocos quién sabe. Sólo sé la angustia que existe entre muchas personas de edad que creen que no volverán a vivir el mejor día que tienen en la vida. Aquel en el que se reencuentra con los recuerdos más profundos de sus infancias. Ese que se prolongará en el tiempo infinito de la Gloria.
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