El corazón del Vaticano latió con fuerza esta mañana, mientras miles de fieles acompañaban en silencio el último recorrido terrenal del Papa Francisco. Su féretro, sencillo y sereno, fue llevado desde la Casa Santa Marta hasta la Basílica de San Pedro, en medio de oraciones, lágrimas y un profundo respeto colectivo.
Era el inicio de la despedida final al pastor que rompió moldes, que prefirió la cercanía al protocolo, que eligió el gesto humilde antes que el trono dorado. Desde que se conoció la noticia de su fallecimiento, una ola de dolor y gratitud se ha extendido por todo el mundo católico.
El rito comenzó en la intimidad de su hogar en Santa Marta, donde vivió incluso como Papa, rehuyendo los palacios. Allí, el cardenal Kevin Farrell, con voz contenida por la emoción, agradeció a Dios por los años de entrega de Francisco. En su oración pidió consuelo para la Iglesia, pero también esperanza: «Que el Señor le conceda un descanso eterno y a nosotros, la fuerza de seguir su ejemplo».
Desde allí, una procesión solemne atravesó el Vaticano. Al llegar a la Plaza de San Pedro, más de 20.000 personas lo esperaban. No hubo gritos, ni consignas. Solo un largo aplauso, contenido y reverente, cuando el féretro cruzó el umbral de la Basílica. Era el pueblo diciéndole: Gracias.
Dentro del templo, el silencio se rompió solo por el canto grave y solemne de las Letanías de los Santos. El ataúd fue colocado ante el Altar de la Confesión, y sobre él cayó la luz suave que entra por la cúpula de Miguel Ángel. Un pasaje del Evangelio de Juan fue leído, recordando el amor que une a Cristo con quienes lo siguen: un amor que Francisco predicó cada día, con palabras y con gestos.
La ceremonia concluyó con la Salve Regina, entonada con una emotividad que inundó cada rincón de la Basílica. Luego, uno a uno, los cardenales se acercaron al féretro, inclinando la cabeza. Detrás de ellos, comenzaron a pasar los fieles: ancianos, niños, religiosas, jóvenes de todas partes del mundo. Todos, con la misma mirada: la de quienes han perdido a un padre.
La Basílica permanecerá abierta hasta la medianoche de hoy, de 7:00 a 24:00 el jueves, y de 7:00 a 19:00 el viernes. Y el sábado, cuando se celebre la misa de exequias, Roma entera se vestirá de luto y de gratitud.
Francisco ya no está entre nosotros, pero su huella —la del Papa que caminó con el pueblo, que abrazó a los marginados, que habló con el corazón— queda grabada para siempre en la historia de la Iglesia y en el alma de millones.




