Casi de puntillas llegan las mejores cosas, las mejores noticias… Hoy, por fin estás en casa. Así, sin necesidad de estridencias, como suelen volver las presencias que son eternas. La espera, tan larga como íntima, ha terminado. Tus hijos, Madre, nos hemos vuelto a mirar en tus ojos, esos que nunca se borran de la memoria ni del alma. Y no digo sentirte cerca, no lo digo porque un hijo jamás se olvida de su madre: tu cercanía es una certeza diaria, incluso cuando no estás físicamente en tu hogar.
Te abriste paso para recordarnos que aquí todos estamos de paso, que ninguna vida permanece para siempre, que lo único realmente perdurable a través de los siglos eres Tú y tu Bendito Hijo. Todo lo demás, incluido nuestro propio nombre, es un suspiro. Nosotros, lo sabemos, somos apenas personajes secundarios en una historia común, mientras que Tú eres la raíz, la guía, la brújula y la estela. Tú sostienes este barco. Y sí, ya lo has visto: el ancla se ha tambaleado un poco, se ha dejado llevar por el vaivén inevitable de los tiempos. Pero también sabes, Madre, que con tu presencia volverá a agarrar en tierra firme, y entonces el barco regresará a navegar en un mar sereno, en esa calma que solo Tú eres capaz de devolver.
Antes de que el sol hiciera acto de presencia, antes incluso de que la primera luz se atreviera a romper la noche, ya se intuía lo que estaba a punto de ocurrir. La mañana aún era noche, pero el aire traía un presagio: algo sagrado, algo esperado, algo que dolía y sanaba a la vez. Y entonces la puerta se abrió. Sevilla todavía tenía estrellas colgadas del cielo, pero el Sol se hizo inmenso en La Resolana, como si la propia luz hubiese decidido rendirse ante Ti. Y allí estabas, la Esperanza, la dueña de ese Sol que nace incluso en la oscuridad, de nuevo en casa para que pudiésemos reencontrarnos con tus ojos, con esa mirada que reconstruye lo que el tiempo intenta resquebrajar.
Porque así vuelves siempre, Madre: casi de puntillas, casi como quien no quiere interrumpir nada, pero transformándolo todo. Y al volver, nos recuerdas quiénes somos, dónde estamos y a qué puerto pertenece nuestra vida. Hoy, al fin, tus hijos nos hemos vuelto a mirar en tus ojos, y todo lo demás —el cansancio, la incertidumbre, el ancla que tembló— parece ahora un camino necesario para llegar a este instante.
Hoy, Madre, la Esperanza está nuevamente en casa, y Sevilla respira, agradecida, bajo tu luz.





