En el filo del tiempo

El vía crucis con el titular cristífero de la Hiniesta nos volvió a reencontrar con las estampas que perdimos. Asomaba el cortejo y a uno le daba un vuelco el corazón. Tantas ganas que nunca antes fueron tan pocas para reencontrarnos con la memoria. Porque bastaron las puertas abiertas de San Julián, el público, los cirios color tiniebla avanzando en busca de Santa Paula, con las novicias tras los cristales, para darnos cuenta de que se inaugura un nuevo tiempo.

Allí volvimos a quedar prendidos con el culto externo que en enero nos señala el camino. Se termina el primer mes del año pero apenas ha comenzado una senda que recorreremos casi sin darnos cuenta. Los lirios morados se postraron ante las Siervas de María y en los Servitas volvió a rezarse otra estación del vía crucis. Nunca antes nos dieron tan igual los flashes de las cámaras, ni las escaleritas para los fotógrafos o las pértigas. Incluso la muchedumbre que esperaba en los callejones nos pareció etérea. Porque tan solo bastaba la imagen del Cristo de la Buena Muerte para que nuestras manos acariciasen el alma y pedir por todo lo que nos hace falta y que no es más que salud para sanarnos.

Cuando el crucificado llegaba a la plaza de Santa Isabel cedimos sin darnos cuenta. Una brisa ligera creando un capítulo que llevaba mucho tiempo guardado. Desempolvamos los instantes de otros eneros donde éramos distintos a lo que ahora somos. Inalterables afloraron los sentimientos y brotaba el amor cada vez que dirigíamos nuestra mirada al hijo de la Hiniesta. Después de San Marcos continuó el camino hacia su casa. Y fue cuando algunos también nos despedimos pidiendo por volver a vivir un nuevo encuentro dentro de escasos meses. Hacía frío, más conforme uno se perdía por los callejones que ya estaban vacíos. A lo lejos, las campanas de San Julián se fundían con el cielo y tiritaban los faroles de los retablos. Guardan ya en su memoria, como nosotros, la imagen de Jesús traspasado hundiéndose en nuestras venas.