En la tierra fértil de María

Y de repente, nos encontramos en el ecuador del Adviento. Ya hemos encendido dos velas en la corana de adviento; los más pequeños ya se han comido la mitad de las chocolatinas de los calendarios de adviento y están ansiosos por la llegada de las próximas fiestas, ya que ellos, son unos de los protagonistas; se encuentran ya nuestros adornos navideños por nuestras casas, hogares, comercios, lugares públicos, y parece que todo está dispuesto, para comenzar unas de las fiestas más entrañables del año, ya que prácticamente parece que todo está a punto.

Si existe una antesala o un pistoletazo de salida que marcan el comienzo, de una época del año diferente, se trata del puente de la Inmaculada Concepción. No porque en esta semana, que cerramos, haya habido tres días que son festivos, en los que no se suele acudir a los lugares de trabajo, sino porque el motivo de no acudir a la rutina diaria tiene un carácter muy especial: un olor a pre-navidad, un orden y una tierra fértil.

Deberíamos estar satisfechos porque en nuestra esfera civil existe un orden. Como todas las instituciones, que son constituidas y realizas por hombres, contiene deficiencias y siempre margen de mejora. En cambio, es de agradecer y de estar contentos porque no nos encontramos en un caos, sino que impera un orden. Si nos paramos y nos detenemos a reflexionar sobre las cosas creadas por Dios, todas ellas contienen un orden. Es más, Dios nos creó desde un caos hacia el orden de nuestra existencia.

La navidad es el nacimiento de una persona. Y en estos días, en nuestros templos, nos ha sorprendido el color litúrgico azul. Cuando está pronto el nacimiento de un hijo, ya hemos preparado su habitación, con la compra de muebles, armarios, la cama, su ropa y su cuna, siendo en muchas ocasiones el color azul, el elegido en estos utensilios. Parece que el nacimiento está próximo.

Por otro lado, la protagonista es la Madre que lleva en sus entrañas a la criatura. A esta Madre, se le atribuye un título para honrarla: Madre Fecunda.

Recientemente, hemos colocado el árbol de navidad, y no para retirarlo, de una manera literal, sino que deberíamos ponerlo en tierra fecunda, para que llegado el momento de la recolección podamos coger los frutos. Pero para que dé fruto y cuando sea el momento de la cosecha tengamos frutos abundantes, deberíamos de haber regado la tierra con la oración; poner nuestro sol, practicando las obras de caridad; abonar la tierra, con nuestros quehaceres diarios cumpliéndolos con diligencia y alegría; siempre obedeciendo y cumpliendo las órdenes del agricultor experto, la Santa Iglesia de Dios. El árbol de navidad, somos nosotros y la tierra fecunda, es la Santísima Madre de Dios. ¿Dónde mejor podemos plantarnos sino es en la Bendita Madre de Dios?

Por consiguiente, no es de extrañar, que en nuestros templos católicos haya tenido lugar hacia las diversas advocaciones marianas diversos cultos, actos de devociones, actos piadosos, besamanos, rezos del santo rosario y veneración intensa hacia la Santísima Madre de Dios. Todo ello, para que comience a crecer como es debido nuestro árbol, con la esperanza de obtener abundantes frutos.